Salas
Crítica de "Resident Evil: Noche cero": uno de los mejores cruces entre juego y cine
Zach Cregger, el director y guionista de Barbarian (2022) y La hora de la desaparición (Weapons, 2025), logra un impresionante hat-trick de comedia y terror con Resident Evil: Noche cero (Resident Evil, 2026). Escrita junto a Shay Hatten y basada en la epónima serie de videojuegos de terror de Capcom, la película no sólo es la mejor adaptación en portar el nombre (poca cosa, considerando las siete otras que la preceden) sino que directamente marca uno de los mejores cruces que se han producido entre juego y cine.
Intensa, violenta e implacable, la película retrata en unos extremadamente expeditivos 95 minutos la peor noche en la vida de Bryan (Austin Abrams), un repartidor médico haciendo un trabajo de último minuto en la víspera de una monstruosa pandemia. El calvario de Bryan comienza con un atropello camino a Raccoon City y a partir de ahí crece y muta – a menudo literalmente – de manera horripilante e imprevisible, una serie de accidentes que alternan entre el susto y la risa.
Resident Evil se presenta como una buena lección en diseño por sustracción: se deshace de la rebuscada y discordante mitología que la franquicia ha amasado en treinta años con treinta juegos y se remite más bien a capturar el tono y la atmósfera intrínsecos a experimentarla por primera vez. De ahí la mundanidad de su protagonista, cuya torpe odisea se compone a base de errores y expletivos, limitado por su perspectiva y para siempre abrumado por las circunstancias. De ahí, también, la naturaleza cambiante de la amenaza, y el ritmo frenético con el que debe ir adaptándose.
Además de ser fiel a sus orígenes, la película tiene una deuda de sangre con la filmografía más sádica y grotesca de Sam Raimi y John Carpenter, algo que se aprecia tanto en el diseño de los monstruos como en la forma que Zach Cregger tortura a su protagonista. Otros personajes van y vienen, dejando poco y nada, pero Abrams esencialmente está a cargo de un enérgico unipersonal y lo hace hábilmente desde lo físico y lo empático. Su personaje no es complejo ni muy interesante pero encarna perfectamente a un héroe patético: alguien que chilla, grita, llora, erra, maldice y se acobarda regularmente.
Lo que es aún más loable es que Cregger, un autor que con su nueva película se entrega oficialmente al denominado cine de franquicias, hace una obra que es inequívocamente suya y continúa manejando un registro íntimo y estilizado. En el mejor de los casos, la película es autosuficiente y no perturba el inenarrable canon de los juegos; en el peor de los casos, se encuentra a dos o tres formalidades – el título y nombres como Raccoon City y Umbrella Corporation – de ser irreconocible a los fans de la serie, aunque abundan los guiños a sus mecánicas más icónicas.
A nivel guión los problemas afloran recién en el tercer acto, cuando la historia tiene que sincerar su propio nihilismo y enfrentar el hecho de que no tiene mucho con qué saldar la experiencia. Y si el final no es tan catártico ni tan satisfactorio como el de la anterior La hora de la desaparición, ciertamente es memorable.