2026-09-10

Mostra de Cine de Venecia 2026 - Fuera de Competencia

Crítica de "Biografía de Jorge Luis Borges": Llinás convierte la vida del escritor en una pesquisa cinematográfica

A Mariano Llinás no le interesa ordenar la vida de Jorge Luis Borges en una sucesión de fechas, libros y reconocimientos. En Biografía de Jorge Luis Borges (2026), estrenada en la Mostra de Venecia, el director argentino toma otro camino: convierte la reconstrucción biográfica en una investigación que se desvía, vuelve sobre sus pasos y descubre nuevas preguntas en cada documento. El resultado dura cinco horas y media, está dividido en tres episodios y exige que el espectador acepte una regla: para acercarse a Borges, primero hay que perderse.

La película comienza con un encargo concreto. Llinás debe filmar y catalogar una colección de objetos, manuscritos y documentos vinculados con el escritor, conservada por una fundación en un galpón de Brooklyn. Ese trabajo de archivo funciona como punto de partida, pero pronto queda desbordado por el propio material. Los papeles conducen a lugares; los lugares, a viajes; y los viajes, a hipótesis que involucran tanto a Borges como al director que intenta comprenderlo.

Ese desplazamiento responde a una forma de producción asociada con El Pampero Cine, el colectivo fundado por Llinás junto con Laura Citarella, Alejo Moguillansky y Agustín Mendilaharzu. Desde títulos como Historias extraordinarias y La flor, sus películas han convertido la digresión, la duración y el cruce de géneros en métodos narrativos. Aquí, la biografía adopta por momentos la estructura de una pesquisa policial, una película de viajes, una comedia y un ensayo sobre la relación entre las imágenes y la memoria.

El centro de la investigación está en la pareja formada por Llinás y Ernesto Montequín, traductor, investigador y conocedor de la obra de Borges. Los dos examinan cartas, postales, dibujos y manuscritos, intentan descifrar caligrafías y siguen conexiones cuya importancia no siempre resulta evidente al comienzo. La referencia a Sherlock Holmes y el doctor Watson aparece casi de inmediato, lupa incluida, aunque el humor surge menos de la imitación que del contraste entre la seriedad del trabajo y las situaciones que provoca.

Llinás ocupa la pantalla y el relato con su voz en off. No pretende ocultar su presencia ni sostener una supuesta neutralidad documental. Expone sus dudas, sus entusiasmos y sus equivocaciones; incluso acepta convertirse en el blanco de sus propias bromas. La primera persona no funciona como un adorno: establece que toda biografía también habla de quien la construye. Mientras busca a Borges, el cineasta registra su manera de mirar, de asociar materiales y de transformar una pesquisa en ficción.

La división en tres episodios organiza el recorrido sin someterlo a una cronología rígida. El primero se concentra en la formación de Borges, sus lecturas, los cambios de estilo y los acontecimientos que marcaron su obra hasta mediados de la década de 1940. El segundo se interna en sus relaciones afectivas y en los conflictos que atravesaron su vida personal y profesional. La investigación adquiere entonces la forma de un relato sentimental, aunque evita reducir al escritor a una lista de romances y desencuentros.

El tercer episodio aborda al Borges de la vejez y sus intervenciones públicas. Allí aparecen su antiperonismo, sus declaraciones sobre la democracia, sus expresiones racistas y su respaldo a dictaduras latinoamericanas. La película no aparta esos materiales ni intenta resolverlos mediante una condena retrospectiva. Los sitúa en su contexto, los confronta con otras zonas de su pensamiento y permite que la contradicción permanezca abierta.

Este tramo también discute una imagen consolidada: la del escritor separado de la historia y refugiado en una biblioteca. Borges participó del debate público, tomó posiciones y cultivó una provocación política que produjo consecuencias. Su relación con las élites, su rechazo a distintas expresiones de la cultura popular y su identificación con la tradición inglesa forman parte de esa tensión. La película sugiere además que esas posiciones influyeron en la recepción internacional de su figura y en la controversia alrededor del Premio Nobel, aunque evita presentar como certeza una decisión cuyos fundamentos nunca fueron públicos.

El humor atraviesa las tres partes y evita que la acumulación de datos convierta la película en una clase ilustrada. Un periodista deportivo intenta obtener la opinión de Borges sobre Guillermo Vilas; Laura Paredes participa en reconstrucciones de entrevistas que exponen el absurdo de ciertas preguntas; y, en la casa de un coleccionista, unas latas de película recuperan imágenes donde conviven Borges, Federico García Lorca y Walt Disney. Cada aparición modifica la dirección del relato y confirma que el archivo no es un depósito cerrado, sino un espacio donde todavía pueden producirse encuentros.

Llinás pasa del documental al musical, del policial al western y de la observación al artificio. Los géneros no se acumulan para exhibir dominio técnico: permiten ensayar distintas formas de mirar a una figura sobre la que ya se ha escrito y filmado en abundancia. Ante el riesgo de repetir un repertorio de citas, bibliotecas, espejos y laberintos, el director construye su propio laberinto y obliga al espectador a recorrerlo.

Debajo del juego aparece otra película. Los viajes por las ciudades que Borges habitó, las casas donde vivió y los vínculos que sostuvo van delineando a un hombre atravesado por la soledad, la dependencia familiar y una búsqueda afectiva que rara vez encontró correspondencia. Llinás no utiliza esa dimensión para explicar la obra como si cada cuento escondiera una confesión. La incorpora como parte de una vida en la que la literatura también fue una forma de relacionarse con el mundo.

En ese punto, Biografía de Jorge Luis Borges se aparta tanto del monumento como de la demolición. No presenta al escritor como una autoridad sin fisuras, pero tampoco convierte sus errores en la única clave para leerlo. La película intenta sostener al mismo tiempo al autor que modificó la literatura en español, al hombre que padeció frustraciones íntimas y a la figura pública cuyas declaraciones todavía generan rechazo. Esa convivencia impide que el retrato cierre con una conclusión tranquilizadora.

El film también pregunta qué puede hacer el cine con una vida compuesta, en buena medida, por palabras. Llinás responde a través del montaje entre voces, fotografías, mapas, postales, documentos y recorridos. Un automóvil con el parabrisas estrellado o una cámara que filma a través de las grietas dejan de ser accidentes de producción y pasan a integrar la investigación. La precariedad material se vuelve una forma de puesta en escena: cada recurso conserva la huella del proceso que permitió obtenerlo.

En ese recorrido aparecen Hugo Santiago y Edgardo Cozarinsky, cineastas y escritores vinculados con el universo borgeano. Sus presencias introducen otra capa: la de una generación que leyó a Borges desde el cine y prolongó sus procedimientos mediante relatos de conspiraciones, ciudades secretas e identidades desplazadas. El homenaje no interrumpe la búsqueda, sino que muestra cómo una obra continúa circulando a través de quienes la interpretaron.

La duración tiene un costo. Algunas bromas pierden efecto, ciertas asociaciones podrían resolverse con menos rodeos y varias intervenciones del director prolongan una idea ya planteada. El método de Llinás necesita tiempo para producir conexiones, pero también puede confundir libertad con acumulación. La película encuentra su ritmo cuando cada desvío abre una lectura; lo pierde cuando la digresión solo confirma el gusto del realizador por su propio dispositivo.

Aun así, las cinco horas y media no responden a una voluntad de abarcarlo todo. La extensión sirve para demostrar que ninguna biografía puede clausurar una vida y que cada documento modifica el sentido de los anteriores. Borges deja de ser el objeto estable de una investigación y se convierte en una figura que cambia según quien lo recuerda, lo lee o lo filma.

Biografía de Jorge Luis Borges no entrega una explicación definitiva sobre el escritor. Propone algo más acorde con su literatura: un sistema de pistas, versiones y reflejos en el que la verdad nunca aparece separada de la narración. Llinás utiliza a Borges para pensar el cine, pero también expone cuánto de sí mismo queda involucrado en ese intento.

La película encuentra su sentido cuando la erudición deja paso a una pregunta humana: qué buscó Borges detrás de los libros, los viajes, las polémicas y las relaciones que no prosperaron. Llinás no ofrece una respuesta cerrada. Le concede, en cambio, algunos instantes de cercanía y felicidad. Después de tantas vueltas, quizá sea esa imagen —y no un dato biográfico— la que permite verlo de otro modo.

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