2026-09-03

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Crítica de “Cronos”: 124 horas bajo presión y una memoria que queda fuera de campo

La película española Cronos (2026 reconstruye uno de los atentados yihadistas que más conmocionaron a España: el ocurrido el 17 de agosto de 2017 en Barcelona, seguido por el ataque de Cambrils. Su relato se concentra en las jornadas posteriores a los atropellos, que causaron dieciséis muertes, y en el operativo policial desplegado durante aquellas 124 horas.

En el centro de la trama se encuentra la operación que da nombre a la película: sus responsables, los mandos intermedios, los agentes desplegados en las calles y la portavoz obligada a responder ante los medios mientras la información cambia a cada minuto. La elección de esa perspectiva constituye tanto el principal acierto de “Cronos” como su límite: la película permite observar el funcionamiento de las instituciones bajo presión, pero deja en segundo plano la experiencia de quienes atravesaron los atentados fuera de ellas.

Fernando González Molina, director que ha transitado por el romance juvenil y el thriller de misterio, se enfrenta aquí a un material condicionado por hechos documentados, tiempos precisos y nombres reconocibles. La película se apoya en la investigación periodística de Nacho Carretero y Arturo Lezcano, algo que se advierte en la acumulación de datos, procedimientos y decisiones. Ese trabajo devuelve al presente una experiencia seguida casi en directo por buena parte de la población española, aunque el paso del tiempo haya comenzado a volverla borrosa.

El relato se articula alrededor de tres figuras. Un inspector de los Mossos d’Esquadra, interpretado por Enric Auquer, activa el dispositivo de búsqueda. Una portavoz policial debe abandonar un día familiar para asumir la comunicación de la crisis. Una agente destinada en Ripoll descubre que los jóvenes a los que veía cotidianamente estaban relacionados con la masacre.

Estos personajes permiten que el guionista Alberto Marini despliegue las distintas capas del operativo: las decisiones tomadas con información incompleta, la relación con los medios, la coordinación entre los cuerpos de seguridad y las disputas políticas por el control de la operación. La narración se desplaza entre Barcelona, Ripoll y Cambrils para transmitir la simultaneidad de los acontecimientos y el modo fragmentario en que la información llegaba a quienes debían actuar.

Cronos encuentra sus mejores momentos cuando se concentra en ese procedimiento. Las órdenes cruzadas, los datos contradictorios, la necesidad de decidir en segundos y la responsabilidad de gestionar una situación que cambia constantemente sostienen la tensión. En esas escenas, la película deja de explicar a sus personajes y se limita a observarlos mientras trabajan.

Sin embargo, la puesta en escena no consigue desprenderse de una estructura asociada al telefilme o a un episodio extendido de una serie policial. El montaje mantiene la progresión del thriller, pero la construcción visual queda subordinada a la transmisión de información. Los planos medios, los espacios cerrados y las luces saturadas refuerzan el clima de encierro, aunque rara vez convierten esa presión en una experiencia cinematográfica. La música cumple otra función: acompaña la tensión sin anticipar cada emoción ni ocupar el lugar de las imágenes.

Las fisuras aparecen con mayor claridad en el intento de humanizar a los policías. La intención consiste en mostrar que detrás de los uniformes hay personas con vínculos, temores y conflictos. No obstante, las conversaciones anteriores al atentado insisten en los hijos, las parejas y los padres, como si el guion necesitara demostrar de manera constante la vida privada de los protagonistas.

Esa repetición termina revelando el mecanismo dramático. Las personas no hablan de su familia cada vez que una tragedia está a punto de irrumpir. Hablan también del trabajo, de un compañero, de una multa, de política o de cualquier asunto circunstancial. La incorporación de esas conversaciones cotidianas habría permitido construir personajes menos programados por el relato. No hace falta recordar que antes de ser policías son personas: alcanza con observar cómo viven cuando todavía desconocen lo que está por suceder.

El reparto consigue compensar parte de esas limitaciones. Enric Auquer, Diana Gómez, Mónica López y Pablo Derqui aportan credibilidad a una historia que depende de la relación entre actuación y registro documental. Sus interpretaciones contienen los momentos en los que los diálogos explican demasiado y evitan que la película se convierta en una sucesión de datos, llamadas telefónicas y desplazamientos.

Otro problema surge en la selección de aquello que la película decide mostrar. Al reconstruir un acontecimiento que millones de personas siguieron en tiempo real, la omisión de situaciones reconocibles produce una distancia difícil de ignorar. No se trata de reclamar una reproducción exhaustiva ni de confundir la ficción con un documental, sino de preguntarse qué memoria construye una película cuando organiza los hechos desde una perspectiva institucional.

Cronos evita el sensacionalismo en el tratamiento de las víctimas. La decisión establece un límite ante la explotación de las imágenes del dolor, pero también reduce la presencia de quienes padecieron los ataques. La contención protege el relato de la espectacularización y, al mismo tiempo, lo aleja de la dimensión humana y social de aquellas jornadas.

La película recupera el clima de solidaridad que, durante algunas horas, se impuso sobre las tensiones políticas existentes. También incorpora las disputas por el mando, las intervenciones de los gobiernos y el choque entre las reacciones emocionales y la necesidad de actuar siguiendo un protocolo. Sin embargo, los apuntes políticos aparecen sin desarrollo y funcionan más como contexto que como materia de análisis.

Como thriller policial, Cronos mantiene el ritmo y organiza con claridad un episodio atravesado por la confusión. Pero esa eficacia narrativa también delimita su alcance. La película funciona como reconocimiento a los Mossos d’Esquadra y a los funcionarios que debieron reaccionar ante una situación extraordinaria, tomar decisiones bajo presión y trabajar durante horas con la atención mediática y política concentrada sobre ellos.

Allí encuentra su razón de ser: no busca explicar las causas de los atentados, sino reconocer a quienes tuvieron que actuar mientras sucedían. El problema es que, al elegir ese homenaje, deja demasiado espacio fuera del encuadre.

En ese territorio ausente permanecen varios de los elementos que definieron la experiencia colectiva: la incertidumbre, el temor frente a quien caminaba al lado, la imposibilidad de comunicarse con alguien que estaba en el centro de Barcelona y la sensación de estar atrapado sin información. Ninguna película podría reconstruir por completo aquel estado social. Cronos, concentrada en la maquinaria policial, apenas intenta aproximarse a él. Y esa ausencia determina tanto su mirada como sus límites.

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