Salas
Crítica de “Zona cero / Colony”: El amanecer de los zombis de Yeon Sang-ho
A esta altura, Yeon Sang-ho sabe que ya no alcanza con poner unos cuantos zombis a correr detrás de los protagonistas. Después de revolucionar el género con Invasión zombie (Train to Busan, 2016), el director regresa diez años después al territorio de los muertos vivientes con Zona cero (Colony / Gunche, 2026), presentada en la sección Midnight Screenings del Festival de Cannes. Esta vez, los infectados no solo mutan: también piensan juntos.
La historia comienza con un ataque terrorista asociado a la biotecnología. La profesora Se-jeong (Jun Ji-hyun) queda atrapada junto a un grupo de sobrevivientes en un edificio cuando un virus de rápida mutación se propaga con velocidad. Los infectados desarrollan nuevas formas de desplazamiento y ataque, conectados por una mente colectiva. Ahora los zombis funcionan como un organismo capaz de aprender y actuar como una sola entidad.
La idea le permite a Yeon Sang-ho utilizar el género para hablar de la sociedad. Si en Invasión zombi el tren funcionaba como una miniatura de Corea del Sur, con sus diferencias de clase y sus impulsos de solidaridad, en Zona cero la metáfora se dirige hacia la pérdida de individualidad en una época dominada por la inteligencia artificial, las redes y la conexión permanente.
No es casual que el escenario combine un centro de biotecnología con un shopping convertido en campo de batalla. El progreso, la tecnología y el consumo terminan transformándose en una trampa. Los zombis funcionan así como el reflejo deformado de una sociedad donde todos pueden terminar pensando, comprando y comportándose de la misma manera.
En ese sentido, Zona cero recupera la tradición de George A. Romero —los muertos vivientes como espejo de los vivos— para llevarla al presente. Yeon Sang-ho vuelve a trabajar con el coreógrafo Jeon Young, pero esta vez incorpora bailarines profesionales para crear movimientos sincronizados que convierten a los infectados en partes de una misma criatura.
Zona cero funciona más por su lectura de época que por lo que tiene para aportar a un género zombi que hace tiempo viene repitiendo sus propias fórmulas. La película no inventa demasiado en ese terreno, pero encuentra una veta más interesante: preguntarse qué queda del individuo cuando, paradójicamente, estamos cada vez más conectados y somos menos dueños de nosotros mismos.