2026-08-10

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Crítica de "El Origen": Bienvenidos al mundo de los sueños de Nolam

Un grupo de agentes especiales se dedica a entrar en los pensamientos de sus objetivos para extraer de su inconsciente los secretos más ocultos. Leonardo DiCaprio, a la cabeza, comanda el equipo encargado de estas particulares misiones, que consisten en dormirse para, a través de los sueños, ingresar en las diferentes mentes. De esta forma, los personajes atraviesan distintos sueños y mundos, unos dentro de otros, hasta perder el sentido del tiempo y del espacio.

El origen —que remite a la génesis de una idea en la mente— construye buena parte de su propuesta desde la espacialidad. El film intercala los diferentes espacios que corresponden a cada sueño y, a partir de ellos, organiza una trama que encuentra en su estructura uno de sus principales recursos. La película adopta, además, la lógica de un film de espionaje: nombres, lugares y misiones se cruzan de manera constante, con el agregado de los distintos niveles del sueño, cada uno asociado a una capa de la mente. La narración salta de un espacio a otro y obliga a reconstruir permanentemente las relaciones entre esos niveles. Ideal para freudianos.

Este dispositivo formal sostiene una trama ágil y exige un espectador atento a los cambios continuos. Desde Memento (2000), película con la que Christopher Nolan alcanzó popularidad, el director no asumía un riesgo narrativo semejante. Bienvenido sea.

Pero El origen no es solo eso. También es un film de acción que utiliza los efectos especiales como parte de su construcción visual. La escena de la pelea cuerpo a cuerpo mientras la camioneta vuelca es uno de los ejemplos: allí, la alteración de la gravedad en un nivel del sueño repercute sobre otro y transforma el espacio en parte de la acción. El montaje alternado entre los diferentes sueños, con el tiempo dilatándose de manera distinta en cada uno de ellos, sostiene la tensión mientras los personajes intentan alcanzar sus objetivos. El impacto proviene tanto de los recorridos de la trama como de la manera en que Nolan los organiza visualmente. A esto se suma la edición de sonido, que acompaña los cambios de nivel y refuerza momentos centrales del relato.

Quien quiera buscar referencias encontrará puntos de contacto con Matrix (1999) en algunos elementos de la historia y con La isla siniestra (Shutter Island, 2010) en el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio, nuevamente atravesado por una percepción de la realidad puesta en duda. También puede encontrarse un pequeño guiño de Nolan a su propia filmografía a partir de la cuestión del sueño. En Noches blancas (Insomnia, 2002), el personaje de Al Pacino sufría porque no podía dormir. En El origen, el conflicto parece desplazarse hacia el extremo opuesto: la confusión del personaje de DiCaprio proviene de la dificultad para establecer con certeza cuándo ha despertado.

Sin embargo, ninguna de estas semejanzas reduce aquello que distingue al film dentro de buena parte de la producción industrial estadounidense. El origen articula actuaciones, escenas destinadas a permanecer en la memoria cinematográfica, un ritmo sostenido y, sobre todo, una idea que encuentra en la forma narrativa su principal apuesta. Nolan toma los mecanismos del cine de acción y del espionaje y los introduce dentro de una estructura de sueños encadenados, donde espacio y tiempo dejan de funcionar como coordenadas estables.

Ojalá sea también el origen de películas que, dentro de la industria y sin renunciar al entretenimiento, entiendan el espectáculo como algo más que una sucesión de efectos. Si de entretenimiento se trata, El origen justifica el valor de la entrada.

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