2026-08-03

Filmin

Crítica de "Entre Ríos, todo lo que no dijimos": el peso de los silencios

Hay silencios que protegen y otros que terminan convirtiéndose en una forma de violencia. Sobre esa tensión se construye Entre Ríos, todo lo que no dijimos (2014), la ópera prima de Nelson Schmunk, una película que observa con sensibilidad cómo el miedo a herir a los demás suele desembocar en heridas mucho más profundas.

Emanuel (Javier De Pietro) viaja desde Buenos Aires hasta Villa Ramírez para acompañar a su abuela (Frida Herbes), cuya salud se encuentra deteriorada. El viaje tiene el tono de una despedida, pero también el de una confesión postergada. Emanuel quiere compartir con ella un aspecto esencial de su vida, aunque no sabe si tendrá el valor suficiente para hacerlo. Al mismo tiempo, su madre, Ofe (Eugenia Alonso), decide ocultarle a la anciana el verdadero diagnóstico médico con la intención de protegerla. Ambas situaciones dialogan entre sí: el silencio aparece como un acto de amor, pero también como una forma de negar la realidad.

Schmunk evita el melodrama y apuesta por una narración contenida, donde el conflicto nunca estalla. La emoción se construye en los espacios vacíos, en las conversaciones interrumpidas, en las frases que quedan suspendidas y, sobre todo, en aquello que los personajes son incapaces de verbalizar. No son personas incapaces de sentir; son personas incapaces de expresar lo que sienten.

Esa contención atraviesa también la representación de la sexualidad de Emanuel. La película nunca convierte su orientación sexual en un conflicto explícito ni en el único motor del relato. Más bien la integra a una dinámica familiar donde cada integrante parece cargar con algo que no logra decir. En ese sentido, el título resume con precisión el universo que propone Schmunk: lo importante no son las palabras pronunciadas, sino todo aquello que permanece fuera del lenguaje.

Uno de los mayores aciertos del film reside en el trabajo de sus intérpretes. Javier De Pietro construye un personaje atravesado por la duda y la necesidad de ser aceptado sin caer en el subrayado emocional. Eugenia Alonso expresa la contradicción permanente entre el cuidado y la negación, mientras que Frida Herbes aporta una presencia de enorme humanidad, haciendo que cada escena compartida con su nieto adquiera un peso afectivo particular.

Schmunk también retrata con precisión la lógica de los pequeños pueblos, donde los vínculos familiares, las costumbres y las convenciones sociales condicionan la manera en que las personas se relacionan. Las miradas que evitan encontrarse, los cuerpos que parecen medir cada gesto y las conversaciones que nunca llegan al centro del problema hablan de un universo donde la intimidad suele quedar relegada en favor de las apariencias. Sin caer en estereotipos, el director observa ese entorno con una cercanía que le permite registrar tanto sus afectos como sus limitaciones.

La fotografía de Martín Benchimol acompaña esa búsqueda desde una mirada austera y luminosa, mientras que la música de Sebastián Romero Bernhardt aparece con discreción, evitando manipular la emoción y reforzando el clima íntimo que sostiene toda la película.

Con una puesta en escena despojada y una confianza permanente en la expresividad de sus personajes, Entre Ríos, todo lo que no dijimos demuestra que el cine no siempre necesita grandes acontecimientos para conmover. Nelson Schmunk construye una película donde los silencios pesan más que las palabras y donde aquello que nunca llega a decirse termina definiendo la vida de quienes lo callan.

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