Teatro Gran Rex
Crítica de “Charlie y la fábrica de chocolate”: una apuesta de gran escala donde la fantasía se apoya en el talento de los más jóvenes
Luego de las puestas de Matilda, School of rock y La sirenita en 2023, 2024 y 2025, respectivamente, Ozono, MP y los Rottemberg continúan en la línea de producir grandes espectáculos musicales en el Teatro Gran Rex, con las expectativas focalizadas en las vacaciones de invierno, momento del año crucial para la platea infanto-juvenil. Hay una clara intención de proponer obras a gran escala, superlativas en su concepción escenotécnica y con un mensaje que celebre valores como la bondad, la búsqueda de bienestar a partir de lazos familiares y de amistad, y que mayormente cuenten con la presencia de niños en los elencos (La sirenita es, en ese caso, una excepción).
Para esta temporada, Charlie y la fábrica de chocolate fue pensada como la gran apuesta, un show que tiene su origen en el libro homónimo de Roald Dahl (el miso autor de Matilda), pero que alcanzó mayor fama a partir de la transposición de Tim Burton de 2005 (hubo una previa en 1971, con dirección de Mel Stuart y rol estelar de Gene Wilder). El trabajo de Burton permitió que esta fábula sobre la humildad y los sueños se proyectara con gran impulso en todo el mundo, sobre todo a partir del imaginario que el realizador construyó con recursos e inventiva, pero también gracias a la composición camp de Johnny Depp, su actor fetiche.
Con dirección compartida entre Ariel del Mastro y Marcelo Caballero (la autoría es de David Greig y las canciones fueron escritas por Scott Wittman y Marc Shaiman, desde luego que traducidas y adaptadas para la ocasión), el espectáculo se concentra en la fantasía de Charlie, un niño que vive junto a su madre (Mery del Cerro), su abuelo (Sebastián Almada) y algunos parientes más, hacinados en una casa con déficits varios, pero con proliferación de bonhomía.
La esperanza adquiere forma en la posibilidad de ganarse un ticket dorado oculto en alguno de los cinco chocolates que distribuyó aleatoriamente Wonka, lo que le aseguraría al niño una visita a su mítica fábrica y, tal vez, la posibilidad de asegurarse un futuro mejor (aunque esto no lo sabe, al menos inicialmente). Del deseo a al hecho -imaginarán- hay un solo trecho, y es así como se abrirá ante Charlie un mundo que funciona como el opuesto exacto de su precariedad: opulencia, colores y estridencias serán las marcas a fuego del “universo Wonka”.
Como toda fábula urbana, la historia se fortalece en la figura del niño carente (proliferan infancias expósitas en la literatura y en el teatro infantil; ahí tenemos a Matilda, pero también a Annie, otro de los éxitos de esta temporada). A modo de contrapartida, aparecen en la obra otros cuatro ganadores que representan diversos defectos: la gula, el narcisismo, el egoísmo y la competitividad desmesurada, atributos de cuatro niños más que operan como el reverso de la vida de Charlie.
En términos argumentales, tanto en el libro como en los films, el relato no presenta mayor complejidad; su iconicidad y su matriz pedagógica auspician un desarrollo lineal que aquí se fortalece con un enorme despliegue y coreografías vibrantes, entre las que -por lejos- se destacan las que tienen a los niños con sus respectivas presentaciones. La puesta impacta, aunque no siempre sorprende. En cuanto a lo técnico, se agradece que la pantalla empleada se reduzca a la expresión mínima y necesaria para complementar la escenografía. El aporte de las luces resulta nodal, y acompaña la paleta de colores de un vestuario que, además, tiene significación en términos narrativos porque delinea cada rol con meticuloso detallismo.
Agustín “Rada” Aristarán se corona como el Rey Midas de los musicales, pero en esta ocasión -más allá de su buen desempeño- desentona un poco con la impronta rioplatense que le impone al decir de su criatura. Es hasta entendible que la dirección sostenga una marca que responde más a un criterio estelar que a un requerimiento de la fábula. Aún así, logra hacer creíble el pasaje del megalómano al benefactor, del exótico al humanista. Pero claramente los que auguran el éxito de la puesta son los niños actores (en equipos rotativos); es a partir de ellos que miramos ese universo que nos invita a dejar la platea e ingresar alegres junto a ellos, aunque ni por un instante nos levantemos de nuestro asiento.