Festival de Tribeca
Crítica de "Dante": Chino Darín y Ester Expósito lideran una feroz carrera por la supervivencia
Las noches pesadillescas, aquellas en las que cualquier cosa puede ocurrir y nadie parece estar a salvo, han dado forma a un subgénero propio dentro del thriller contemporáneo. Con Dante (2026), su segundo largometraje, Hugo Ruiz vuelve a sumergirse en ese territorio hostil tras el reconocimiento obtenido con Una noche con Adela. Estrenada en el Festival de Tribeca, la película apuesta por una narración concentrada en pocas horas y un espacio reducido para desplegar una experiencia marcada por la violencia, la adrenalina y una sensación de encierro que no concede tregua.
La historia sigue a Eduardo, un paramédico que durante un turno nocturno queda atrapado en medio de una persecución protagonizada por criminales dispuestos a todo para recuperar un objeto cuyo verdadero valor permanece oculto durante gran parte del relato. Desde esa premisa, Ruiz construye una maquinaria narrativa que avanza sin pausas. Cada secuencia incrementa el riesgo y reorganiza las alianzas entre personajes, generando una tensión sostenida que convierte la supervivencia en el único motor posible.
El director demuestra un notable dominio del espacio y del ritmo. Con pocos escenarios y un número limitado de personajes, consigue que la amenaza se vuelva tangible. Hay referencias al cine criminal de los años setenta y a los grandes ejercicios de suspense de aquella época, aunque filtradas por una estética más áspera y contemporánea. La película trabaja sobre la suciedad, el desgaste físico y la desesperación de sus protagonistas sin recurrir a discursos explicativos ni a justificaciones morales.
Buena parte de esa eficacia descansa en las interpretaciones de Chino Darín y Ester Expósito. Darín construye un personaje que evoluciona desde la incertidumbre hacia una participación cada vez más activa en el conflicto, mientras que Expósito encuentra en Mak uno de los roles más contundentes de su carrera reciente. La relación entre ambos introduce matices dentro de una trama dominada por la violencia, y el guion acierta al sugerir vínculos y heridas previas mediante acciones y miradas antes que a través de explicaciones explícitas.
Sin embargo, el film pierde parte de su precisión en el tramo final. El giro destinado a reorganizar la lectura de los acontecimientos aparece de manera apresurada y no encuentra el desarrollo necesario para integrarse con naturalidad al conjunto. Más que ampliar el alcance del relato, la revelación termina generando una sensación de artificio que contrasta con la solidez narrativa construida hasta ese momento. No invalida el recorrido previo, pero sí reduce el impacto emocional de la resolución.
Aun con ese desequilibrio en el cierre, Dante se instala entre las propuestas más intensas del circuito de género de este año. Su apuesta por la tensión constante, la violencia como herramienta dramática y una puesta en escena que privilegia la experiencia física del espectador convierten a la película en una obra difícil de ignorar. Hugo Ruiz confirma aquí una mirada autoral capaz de transformar una noche de caos en un ejercicio de suspense que mantiene el pulso hasta el último minuto.