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Crítica de "México 86": Diego Luna y la trastienda del Mundial que redefinió el poder en el fútbol
A comienzos de la década de 1980, América Latina atravesaba una etapa marcada por crisis económicas, violencia política y procesos de transformación institucional. En ese contexto, Colombia renunció a organizar el Mundial de 1986 después de años de advertencias sobre la imposibilidad de cumplir con las exigencias de la FIFA. Ese vacío abrió una disputa internacional que involucró gobiernos, dirigentes deportivos, grupos empresariales y cadenas de televisión. Sobre ese episodio histórico se construye México 86 (2026), de Gabriel Ripstein, una película que utiliza la sátira para observar cómo se toman las decisiones que terminan moldeando la historia del deporte.
La narración sigue a Martín de la Torre (Diego Luna), un dirigente ficticio construido a partir de varias figuras reales vinculadas a la Federación Mexicana de Fútbol. A través de él, la película explora un ecosistema donde las fronteras entre política, negocios, medios de comunicación y deporte prácticamente desaparecen. Ripstein no se interesa por la épica deportiva ni por los héroes de la cancha. Su mirada se concentra en los pasillos, las reuniones privadas, los acuerdos informales y las negociaciones que rara vez forman parte de los relatos oficiales. El Mundial aparece así como una mercancía global cuyo valor excede ampliamente al fútbol.
El contexto histórico resulta central para comprender la dimensión del relato. Durante aquellos años, la FIFA iniciaba su transformación hacia un modelo cada vez más vinculado a los derechos televisivos y a la expansión comercial de sus competencias. La figura de João Havelange representa ese cambio de paradigma. La presencia de empresarios vinculados a los medios de comunicación y la influencia de grupos como Televisa permiten entender por qué la película insiste en mostrar que la disputa por la sede era, en realidad, una disputa por mercados, audiencias y poder simbólico. Lo que Ripstein pone en escena no es solamente una reconstrucción del pasado sino también el nacimiento de una lógica que continúa vigente en el fútbol contemporáneo.
La puesta en escena acompaña esa lectura mediante un tono que oscila entre la comedia política y la crónica histórica. Las apariciones de personajes como Henry Kissinger, Pelé, Hugo Sánchez o Havelange funcionan menos como guiños que como piezas de un entramado internacional donde cada actor responde a intereses específicos. Diego Luna construye a Martín de la Torre como un operador capaz de adaptarse a cualquier circunstancia, mientras Karla Souza y Daniel Giménez Cacho completan un relato atravesado por relaciones de conveniencia, lealtades cambiantes y ambiciones personales. La película encuentra su fuerza precisamente en esa capacidad para convertir procesos burocráticos y negociaciones institucionales en materia dramática.
Vista desde 2026, cuando México vuelve a ser sede de una Copa del Mundo junto a Estados Unidos y Canadá, México 86 adquiere una resonancia particular. La película no habla únicamente de una decisión tomada hace más de cuarenta años. Habla de los mecanismos que siguen determinando quién organiza los grandes eventos deportivos, quién obtiene beneficios económicos y quién controla los relatos que terminan convirtiéndose en historia oficial. Ripstein observa aquel Mundial como un punto de inflexión en la relación entre fútbol, política y medios de comunicación. En ese cruce encuentra una historia donde la realidad parece demasiado extraordinaria para ser contada como documental y demasiado verosímil para ser considerada una simple ficción.