Crítica de "Rey Milo": Cuando el arte ataca
Retratar figuras populares constituye casi un género dentro del cine documental, aunque son pocos los artistas plásticos que han alcanzado ese lugar. Sin embargo, algo comenzó a modificarse en el mundo del arte cuando Milo Lockett derribó las barreras que durante décadas convirtieron a esta disciplina en un territorio reservado para una minoría. Como suele ocurrir con quienes logran trascender los límites de la élite cultural, su irrupción despertó adhesiones y rechazos: mientras algunos celebran su capacidad para acercar el arte a nuevos públicos, otros cuestionan el alcance y la legitimidad de su éxito.
Bareiro construye un relato lineal que recorre la trayectoria del artista a partir de su propio testimonio y del de familiares, amigos, empleados, galeristas, críticos, historiadores y otros actores que participaron de su recorrido. Más que reconstruir una biografía, el documental intenta explicar el proceso que llevó a Lockett a convertirse en uno de los pintores argentinos de mayor reconocimiento y visibilidad.
Como su título anticipa, Rey Milo (2013) habla de un reinado. El film presenta a un artista que desafió los prejuicios asociados al arte contemporáneo y consiguió una legitimidad impensada fuera de los circuitos tradicionales. La película no se limita a exhibir su producción pictórica, sino que también observa su forma de entender el trabajo, el vínculo con el público y su presencia cotidiana.
En paralelo, el documental expone cómo un joven de clase media chaqueña llegó a consolidarse —según la mirada de la película— como uno de los artistas plásticos más importantes del país. Esa transformación, impulsada por una combinación de compromiso social y visión comercial, abre un debate sobre la relación entre arte y mercado, las tensiones entre vanguardia y popularidad, y el conflicto permanente entre los circuitos de legitimación cultural y el éxito masivo.