Opinión: Series, tragedia y capitalismo emocional en la era HBO max
"Euphoria" y el arte de apagar la luz: HBO convierte el colapso en espectáculo
La televisión contemporánea es el único mausoleo capaz de filmar la descomposición de la burguesía occidental con un presupuesto millonario. HBO Max lo sabe: no provee catarsis, administra la neurosis contemporánea. Su fetiche no es el desenlace, sino el colapso.
El cierre de Succession es un ensayo antimonárquico sobre el capitalismo tardío. No hay épica en la herencia: los hermanos Roy se devoran entre sí para que el cetro termine en manos de Tom, el burócrata funcional y perfecto, el rey consorte ideal para una corporación vaciada de espíritu. Es la coronación de la mediocridad ejecutiva.
En la otra vereda de la angustia americana, el corte a negro de Los Soprano sigue siendo una lección estética. La muerte no aparece como clímax wagneriano; es una interrupción súbita en un diner mugriento mientras suena Journey. Ese vacío paranoico, ese apagón sin anestesia, es el mismo pulso que quise capturar en el final de Solo Fanáticos: la certeza de que el destino no avisa, simplemente corta el plano.
Y si de cinismo sofisticado se trata, el doble final de Girls se erige como una pieza pop perversa. Esa fiesta decadente con las amigas expuestas a la intemperie de Manhattan funciona como acta de defunción del mito de la sororidad veinteañera: Nueva York siempre termina pasando por arriba. El bis, con Hannah reconvertida en madre en los suburbios, opera como capitulación ante la biología y la neurosis doméstica. Una obra del desencanto.
Por eso, subestimar a Euphoria es un error de lectura. No se puede ignorar el linaje: Sam Levinson carga con el ADN cinematográfico de su padre, Barry Levinson, aunque refinado con una sobredosis de estética videoclipera y nihilismo pop. Esta temporada no funciona como entretenimiento; se acerca más a una autopsia estética.
El tejido de la serie quedó inevitablemente astillado por la realidad. La muerte de Angus Cloud transformó al personaje de Fez en un espectro lírico. Su trama —el fentanilo, la droga adulterada como ruleta rusa de la generación Z— y su amistad con Rue ya no pertenecen del todo al guion: funcionan como documento sobre la orfandad contemporánea. Fez era el único dealer con una forma de piedad en la mirada; su ausencia deja a la serie sin anestesia.
Me resulta tentador especular —lo siento, Miguel Ruiz— con una hipótesis posible: poner el foco sobre la agonía de Rue. Su muerte en el desenlace sería la única clave capaz de justificar esa voz omnisciente que arrastra la narración desde el primer episodio. El mecanismo es clásico: el fantasma que relata su propia caída, al estilo de Joe Gillis flotando en la pileta de Sunset Boulevard. Rue no habla desde la sobriedad; habla desde el post mortem.
Para una yonqui de su calibre, la redención burguesa del centro de rehabilitación sería un desvío estético. Su posible redención aparece en el rigor poético del “el que mal anda, mal acaba”. Un desenlace seco, violento y crepuscular, profundamente deudor de Sam Peckinpah —incluso resulta sugestivo pensar que el apellido Levinson parece rendir un tributo implícito al director de The Wild Bunch. Peckinpah estetizó la balacera y la sangre; Levinson estetiza el síndrome de abstinencia y el brillo de los ojos estallados.
Si de pistas se trata, las huellas ya aparecieron en las escenas hermanadas del episodio siete: Rue en la iglesia, pegada a la secuencia en la que Lexi reflexiona sobre la muerte de los personajes dentro de la ficción.
La muerte de Rue podría convertirse en el homenaje definitivo y descarnado a Angus Cloud. Un acto de consciencia brutal sobre las adicciones modernas disfrazado de alta costura televisiva. HBO no salva a sus criaturas. Si Euphoria quiere alcanzar el estatuto de clásico, necesita animarse a apagar la luz de su estrella pop. Y Levinson parece tener el dedo sobre el interruptor.
Como dato extra, Sydney Sweeney termina siendo el gran centro gravitacional de la temporada. Su Cassie funciona como una muñeca rota dispuesta a inmolarse en el altar de la mirada ajena, en una línea que dialoga directamente con Marilyn Monroe. Su ascenso como actriz es uno de los movimientos más visibles dentro del actual pop trágico televisivo.