Salas
Crítica de "Hokum: La maldición de la bruja": Adam Scott y la sofisticación del malestar
Hokum: La maldición de la bruja (Hokum, 2026) se sumerge en una atmósfera pesada que se instala desde el primer fotograma, donde los silencios gravitan con incomodidad y el dispositivo visual se convierte en el principal motor del relato. La historia sigue a un escritor de terror (Adam Scott) que viaja a una antigua posada irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres, sin imaginar que sobre el lugar pesa la leyenda de una bruja.
Su director, Damian McCarthy (Médium, 2024), comprende que el dinamismo no equivale al caos. Aquí, los movimientos de cámara alrededor de Scott son sutiles pero de una precisión magistral, como si el propio lente ejerciera un rol de voyeur omnisciente. El uso de los planos generales, la profundidad de campo y la gestión de los espacios vacíos es notable: consigue que el espectador asuma de manera constante que el horror acecha en algún rincón difuso del encuadre.
En términos estéticos, el film exhibe una personalidad arrolladora. Por momentos, su paleta cromática evoca la melancolía gélida de El aro (The Ring, 2002): esos azules invernales, luces mortecinas y estancias donde el sol parece un recuerdo lejano. La penumbra funciona como una herramienta de desestabilización psicológica. Asimismo, el relato dialoga con la paranoia claustrofóbica de 1408 (2007), especialmente en su tratamiento del encierro mental.
Hokum: La maldición de la bruja es una propuesta cocinada a fuego lento, sin apuro por revelar sus cartas ni por acelerar el clímax. En tiempos donde la inmediatez comercial etiqueta este ritmo parsimonioso como un defecto, el film de McCarthy demuestra que la dilación puede ser una virtud extraordinaria. El resultado es una experiencia física, una amplificación de la ansiedad que transmite esa desasosegante certeza de que algo está profundamente roto en el plano, mucho antes de que se manifieste explícitamente.
El mayor mérito de la película radica en su renuncia al efectismo. Si bien dosifica un par de jumpscares ejecutados con maestría, el objetivo de fondo es el desamparo del público; busca erosionar la seguridad del espectador para mantenerlo en un estado de alerta perpetuo. Este terror psicológico y enfermizo, que interpela a la psique antes que a los reflejos biológicos, se complementa de forma brillante con un desenlace ambiguo.
Siempre es saludable que el cine de género evite las respuestas digeridas, confíe en la inteligencia de su audiencia y deje margen para la duda tras los créditos. Por eso se agradece que Hokum: La maldición de la bruja no cierre del todo sus preguntas, dejando algunas respuestas libradas a la interpretación de cada espectador.