2026-05-18

Festival de Cannes 2026

Crítica de "Ven a volar conmigo": John Travolta y una carta de amor a la familia, los aviones y el cine

Son muchas las vidas que ha tenido John Travolta. Y eso no solo en el mundo del cine, en el que pasó de ser la estrella de moda con Grease (1978) y Fiebre del sábado por la noche (Saturday Night Fever, 1977), a casi desaparecer hasta el renacimiento de la mano de Quentin Trarantino y Pulp Fiction (Tiempos violentos, en estas tierras). De Blow out (1981) a Mirá quien habla (Look Who's Talking, 1989), para no olvidar la incombustible Contracara (1997) de John Woo, sin dudas la carrera del actor es extendida, diversa, heterogénea. De lo que no se puede dudar hoy en día es de su carácter de “estrella”. Esa categoría que no necesariamente tiene que ver con una destacada capacidad actoral o fotogenia. Ni siquiera la inteligencia o el carisma son suficientes. Hay algo inasible, tan irrepetible como innegable, que sólo les toca a unos pocos; esos que forman parte de nuestras vidas. Ese algo que los hace únicos, indiscutibles, conocidos por todos (incluso por quienes no los quieren). Una vez más. De eso no hay dudas. John Travolta es una estrella.

Es por eso que era tan importante su presencia en el Festival de Cannes en un año en el cual no son tantas las que se han acercado a la Costa Azul. Ayer mismo se conoció la noticia de que una de las dos figuras que iban a recibir la Palma de Oro honorífica se pegaría el faltazo. Barbara Streissand, aduciendo cuestiones de salud (un problema en la rodilla que llevó a que su médico le desaconsejara viajar) anunció su ausencia de la alfombra roja y el escenario de Cannes. Sin embargo, (hay que ser sinceros) los prejuicios ante la primera película como director de John Travolta eran muchos. ¿Se la había seleccionado por su valía o por la necesidad de que estuviera presente en el festival?

Contra todo pronóstico y prejuicio, a mi entender, la película resulta interesante y pertinente. En un mundo menos marcado por las necesidades de contentar a la industria local (única razón imaginable para elegir a La vénus électrique, de Pierre Salvadori, como película de apertura), Propeller one-way night coach (Ven a volar conmigo sería su título local) debería haber abierto la muestra. Es una comedia amable y amorosa. Es corta (importante, ya que se proyecta después de la larga amansadora de la ceremonia). Y era ese el momento para la entrega de la Palma de Oro a John Travolta, que finalmente la recibió de manera sorpresiva y sin ser previamente anunciada antes de la proyección de su opera prima como realizador.

La película es tan sincera y honesta como se mostró Travolta al recibir el galardón (no disimuló la sorpresa, agradeció a Thierry Frémaux como si todo se lo debiera a él y en un sincericidio que puede traerle alguna consecuencia sostuvo que la Palma de Oro es mucho más importante que los Oscar).  En un contexto de tantas películas pretenciosas, con aire de profundidad o pretendido compromiso, una  pequeña película en la que su autor simple y directamente comparte con nosotros lo que para él son sus dos grandes amores, ciertamente se agradece.

Esos dos amores son su familia y los aviones. Esta es una película dirigida por Travolta que se basa en el libro que él mismo escribió en 1997, en el que relata recuerdos de su infancia. El guion también es suyo, así como lo es la voz en off (omnipresente, cabe decirlo) y una pequeña (pero fundamental intervención en el final del film. Además, trabajan varios integrantes de su familia. Así que nos queda muy en claro que se trata de un proyecto muy personal e íntimo del hasta ahora actor.

La acción transcurre en un idealizado 1962, y según contó Travolta reconstruye una experiencia muy importante en su vida: el primer viaje en avión junto a su madre. El actor, también piloto profesional, plantea la película desde la mirada de ese niño de 8 años, ya entonces apasionado de la aviación (hasta ese momento, desde la tierra, conociendo los distintos aviones y compañías, los vuelos escalas, etc.). Su madre, una actriz que no ha logrado triunfar en su trabajo tiene una posibilidad de entrar en una película en California, así que para arribar allí desde la Costa Este tomarán el avión que su acotado presupuesto les permite: un vuelo “lechero” que tiene 5 ó 6 escalas para cruzar el país (avión a hélice en un momento en el que los jets eran una relativa novedad).

La mirada es la del niño y eso explica el brillo y los colores teñidos de la alegría que lo atraviesa (el trabajo de arte es estupendo). Los personajes también se ven a través de ese filtro. Excesivos, con ese acento en ciertos detalles que proyecta el paso del tiempo. Es muy difícil filmar en ese mundo que de por sí remite al cartón pintado que es el de una cabina de avión. Pienso mientras escribo estas líneas en las críticas que recibió en su momento Los amantes pasajeros (2013), de Pedro Almodóvar, a la que calificaban casi de macchietta. Ese pequeño mundo en el aire está conformado esencialmente por ese dispositivo que intenta simular normalidad en algo tan poco normal para un ser humano como lo es estar volando a 10.000 metros de altura. Más en aquellos tiempos previos a la democratización de la posibilidad de viajar en avión. Un viaje aéreo era de por sí un lujo, rodeado de ritos, costumbres y coreografías especialmente pensadas, practicadas y repetidas para crear esa ilusión.

En ese mundo que efectivamente es de fantasía (la de un niño de 8 años, además), es cierto que la voz en off puede resultar algo intrusiva y demasiado explicativa. Sin embargo, es tanto el peso del sincero cariño que emana toda la película, que uno no puede sino sentirse abrazado por esa corriente amorosa.

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