2026-04-20

BAFICI - Trayectorias

Crítica de “El extranjero”: Ozon recrea el existencialismo de Camus

Presentada en el Festival de Venecia, El extranjero (L’Étranger, 2025) se mantiene fiel al núcleo pesimista del texto original, apostando por una puesta en escena distante y deliberadamente solemne que traduce en imágenes el vacío emocional de su protagonista.

La historia nos sitúa en la Argelia colonial de 1938. Allí, Meursault (Benjamin Voisin) atraviesa su rutina diaria bajo un calor asfixiante. Tras recibir la noticia de la muerte de su madre, asiste al funeral sin manifestar emoción alguna, observando con extrañeza el dolor de los demás. De regreso, inicia una relación con Marie (Rebecca Marder), aunque incapaz de implicarse afectivamente. Con la misma apatía, entabla amistad con un vecino conflictivo (Pierre Lottin) perseguido por un grupo de árabes.

Ozon opta por un expresivo blanco y negro donde las texturas —paredes descascaradas, pieles expuestas, ropas austeras— adquieren una presencia casi tangible. Los espacios, rústicos y semidesiertos, junto al calor opresivo, transmiten el peso insoportable de la existencia. La fotografía, construida sobre un juego constante de luces y sombras, refuerza la incomodidad de un protagonista taciturno. Así, el vacío existencial deja de ser una abstracción para convertirse en materia cinematográfica.

Voisin compone a un hombre ajeno a las convenciones sociales: actúa de forma mecánica, sin motivaciones claras; ama sin pasión; atraviesa el duelo sin lágrimas. Esa ausencia de emoción se presenta como una forma extrema de sinceridad frente al sinsentido de la vida. El pesimismo de Camus impregna cada escena, cada silencio, cada mirada perdida en el horizonte argelino.

Desde su inicio, la película introduce una ironía clave: un video institucional promete progreso y prosperidad bajo el dominio francés, pero pronto la realidad desmiente ese discurso. La fachada civilizatoria se resquebraja ante un entorno atravesado por la violencia, la discriminación y el rechazo al otro. Ozon traza así un paralelo entre la alienación individual y la alienación social, reforzando la condición de Meursault como extranjero, tanto en lo social como en lo ontológico.

En su tramo final, el film se desplaza hacia el drama judicial. Allí, el protagonista no es juzgado únicamente por su crimen, sino por su incapacidad de ajustarse a las normas emocionales de la sociedad. Se lo condena por no haber llorado, por no haber creído, por no haber sentido como se espera. El diálogo con el sacerdote subraya su postura frente a Dios, la fe y la existencia, y expone con crudeza el conflicto entre individuo y moral colectiva.

La película también articula un sutil contrapunto entre el amor y la muerte. El primero aparece como una posibilidad frágil, casi ilusoria; la segunda, como la única certeza ineludible. Sin embargo, incluso en ese universo denso y opresivo, Ozon deja entrever en el amor un instante posible de conexión: una luz tenue que no disipa la oscuridad, pero la vuelve, por momentos, más tolerable.

Lejos de suavizar o actualizar el material original, Ozon respeta su aspereza. El resultado es una película densa, rigurosa y coherente con el pensamiento de Camus, sostenida por un preciso dominio del lenguaje cinematográfico que, además, dialoga con las tensiones del presente.

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