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Crítica de "Los vencedores": Pablo Aparo revisita Malvinas desde el encuentro con el enemigo
En Los vencedores (2026), Pablo Aparo viaja a las Islas Malvinas con una idea clara. Filmar el territorio y acercarse al conflicto de 1982 desde quienes viven ahí. Al comienzo, la película se sostiene en ese registro. Las islas aparecen como un espacio habitado, con su propio ritmo, sin énfasis en la épica ni en discursos cerrados. La cámara observa, ordena y construye una proximidad con lo cotidiano que marca el tono inicial.
Con el avance, ese punto de partida se modifica. El relato deja de girar alrededor de la guerra y se desplaza hacia el encuentro. El “enemigo” deja de funcionar como una categoría abstracta y se vuelve una presencia concreta. No hay enfrentamiento directo, sino una cercanía que crece y reorganiza el sentido de la película. Lo que en principio parecía una exploración sobre el pasado empieza a sostenerse en lo que ocurre en el presente, en ese vínculo que se construye frente a cámara.
Ese movimiento también impacta en la forma. La narración pierde rigidez, se vuelve más abierta y menos explicativa. La cámara deja de limitarse al registro y pasa a acompañar, a quedarse en los momentos donde algo se está jugando. En esa decisión aparece una idea que recorre toda la película. Filmar implica tomar posición, intervenir, aceptar que el vínculo con el otro modifica lo que se está contando.
La guerra de Malvinas sigue presente, pero ya no organiza el relato. Funciona como un fondo que se tensiona a medida que la experiencia avanza. En un tema donde el sentido suele estar fijado, la película introduce una pregunta que incomoda. Qué ocurre cuando el otro deja de ocupar el lugar asignado. Desde ahí se construye una lectura política que no se apoya en declaraciones, sino en lo que el propio recorrido deja ver.
Los vencedores encuentra su fuerza en ese corrimiento. No intenta explicar la guerra ni ordenar una conclusión, sino registrar lo que pasa cuando las certezas se aflojan y aparece el otro en primer plano. En ese gesto hay una apuesta clara. Mirar Malvinas desde el vínculo, no desde la distancia. Una película que se anima a cruzar esa frontera y, en ese cruce, abre una forma distinta de pensar lo que todavía sigue en discusión. Una experiencia que invita a ver Malvinas desde otro lugar.