BAFICI - Noches Especiales
Crítica de “Los caminantes de la calle”: Juan Martín Hsu y un thriller de mafias chinas
Juan Martín Hsu, director de La salada (2014), vuelve a sumergirse en los márgenes sociales para cartografiar territorios invisibles. Pero en Los caminantes de la calle (2026) construye un universo donde el thriller policial se contamina con la lógica del policial negro: ese territorio moralmente ambiguo en el que la ley es apenas una ilusión y la violencia funciona como idioma dominante.
La película se sitúa en Mendoza, lejos de su postal turística, para revelar una geografía nocturna atravesada por la extorsión, el miedo y el silencio. La familia Dageng recibe un ultimátum en su restaurante: pagar para sobrevivir. No hay negociación posible, solo una cuenta regresiva. El dinero nunca alcanza y la violencia irrumpe como mecanismo disciplinador.
La fiscal Diana Belenguer (Victoria Almeida) y el oficial e intérprete cantonés Li intentan, desde la vía institucional, desarticular el accionar de las bandas. En paralelo, emerge Xu, soldado de una de las facciones enfrentadas, cuya decisión de liberar a una joven —La Pujianesa— funciona como un gesto mínimo de humanidad en un universo regido por códigos inquebrantables. Pero, como en todo buen noir, cada acto ético tiene un costo: Xu queda marcado, condenado por su propio clan y perseguido por Kwan, su hermano mayor. La traición no es solo criminal, sino también familiar, lo que intensifica la dimensión trágica del relato.
La película dialoga con las grandes tradiciones del cine de mafias —italiano, ruso o incluso el universo yakuza—, pero desplaza ese imaginario hacia un contexto local pocas veces explorado. La mafia china en Mendoza aparece como una estructura hermética que regula territorios, impone reglas y construye una economía del miedo. Más que describirla, el film busca comprender cómo operan estas organizaciones en comunidades atravesadas por la migración, la precariedad y la distancia cultural.
Los caminantes de la calle se inscribe así en la tradición del policial negro por su mirada desencantada. Hsu sostiene un pulso firme, con una puesta en escena que privilegia los espacios cerrados, los climas densos y una sensación persistente de asfixia. La noche no es solo un recurso estético, sino una condición narrativa: todo ocurre en penumbras, como si la verdad misma estuviera condenada a permanecer oculta.
La película construye una guerra silenciosa que se filtra en lo cotidiano. En esa deriva oscura, Hsu retrata el submundo del crimen organizado no como un fenómeno extraordinario, sino como una presencia constante, casi invisible, que modela la vida de quienes quedan atrapados en su órbita. Y es precisamente en esa zona gris —incómoda, ambigua, profundamente humana— donde la película encuentra su verdadera identidad.