Salas de España
Crítica de "Solos”: cuando la conversación deja al descubierto lo que el guion no sostiene
Apenas una semana después del estreno de Lapönia (2026), el cine español vuelve a situar a un grupo de personajes alrededor de una mesa. En Solos (2026) dirigida por Guillermo Ríos, ese espacio cotidiano funciona como dispositivo narrativo: una celebración que se desarma progresivamente hasta convertirse en un terreno de confrontación.
La premisa es directa. Cuatro amigos —Javi, Elena, Ana y Tomás— se reúnen para un cumpleaños. La situación se altera cuando Javi introduce marihuana en el pastel sin avisar, un gesto que actúa como detonante. A partir de ahí, la película abandona el tono inicial y se desplaza hacia un registro más tenso, donde los vínculos quedan expuestos.
El recorrido del relato se apoya en el choque entre personajes. Javi (Carlos Santos) ocupa el centro del conflicto, con una conducta que desplaza responsabilidades hacia los demás. Su relación con Tomás (Salva Reina) condensa uno de los ejes del film: la dificultad para aceptar aquello que no encaja en sus propios parámetros.
Ana (Elia Galera) aparece como contrapunto. Su construcción intenta diferenciar seguridad de prepotencia, aunque el guion no siempre sostiene esa tensión. Elena (Kira Miró), en cambio, se ubica en un registro más contenido. Su conflicto se desarrolla desde la incomodidad dentro de una relación que no termina de definirse.
Tomás introduce otra lógica. Su forma de vincularse no se basa en la confrontación, sino en una distancia que lo mantiene al margen del caos. Esa diferencia lo convierte en el personaje más estable dentro del grupo.
El problema principal de Solos está en el guion. Adaptado de una novela de Paloma Bravo, el texto acumula temas —relaciones de pareja, masculinidades, redes sociales, crisis personal— sin desarrollar una línea clara. La película enuncia, pero no profundiza.
Un ejemplo de esto es el personaje de Eduardo, vinculado a una identidad generada por inteligencia artificial. El elemento aparece como posible eje narrativo, pero queda sin desarrollo, funcionando como una idea que no se integra al conjunto.
En términos formales, la decisión de concentrar la acción en un único espacio acerca la película a una lógica teatral. Esto exige precisión en los diálogos, pero ahí surgen limitaciones: muchas intervenciones resultan reiterativas o demasiado explícitas.
El elenco sostiene el material con distintos matices. Salva Reina trabaja desde la contención. Elia Galera construye su personaje con una progresión reconocible. Kira Miró aporta un registro medido. Carlos Santos, en cambio, lleva al límite la intensidad del personaje, lo que en algunos momentos desbalancea el tono.
Solos plantea una serie de tensiones sobre los vínculos contemporáneos y el paso del tiempo. En algunos tramos logra sostener ese enfoque; en otros, queda reducida a una acumulación de escenas que no terminan de articular un desarrollo consistente.