2026-03-05

Salas

Crítica de "Un futuro brillante": una distopía íntima sobre juventud y control

En Un futuro brillante (2025), Elisa (Martina Passeggi) vive con su madre en un complejo habitacional donde el tiempo parece detenido. Los vecinos envejecen, las mascotas desaparecieron y los jóvenes son seleccionados para viajar al Norte, un territorio presentado como una tierra prometida donde se corregirían los errores del pasado. La hermana mayor de Elisa ya fue enviada allí y su madre imagina que ese mismo destino terminará reuniéndolas. Sin embargo, cuando Elisa es elegida para partir, surge una duda que altera ese orden previamente aceptado: por primera vez se pregunta si realmente quiere irse.

La llegada de Leonor (Sofía Gala), una nueva vecina, introduce una fisura en esa rutina aparentemente estable. A partir de ese encuentro, Elisa comienza a observar su entorno con otros ojos. La promesa del Norte, que hasta entonces se presentaba como un proyecto de progreso colectivo, empieza a revelar un sistema que clasifica a las personas según su utilidad. De ese modo, el relato se desplaza gradualmente del viaje anunciado hacia otra inquietud más profunda: qué ocurre cuando alguien decide no aceptar el futuro que otros diseñaron para ella.

La película trabaja el registro de la ciencia ficción desde una escala íntima. En lugar de recurrir a grandes despliegues tecnológicos, construye una distopía mínima donde lo inquietante se filtra en situaciones cotidianas. Objetos que reproducen el sonido de animales extinguidos, conversaciones aparentemente triviales o pequeñas reglas que organizan la vida comunitaria funcionan como indicios de un mundo reorganizado tras una crisis. Así, el film mantiene un pie en lo reconocible mientras introduce un leve desplazamiento que transforma lo familiar en algo extraño.

Ese clima también se sostiene desde lo visual. Los espacios del complejo aparecen filmados con encuadres rígidos y balcones repetidos que refuerzan la sensación de orden impuesto. La paleta cromática tiende hacia tonos fríos y una iluminación contenida que vuelve cotidiano ese futuro cercano. Sin embargo, algunas rupturas formales alteran esa calma: en ciertos momentos la imagen se tiñe de rojo intenso y el encuadre adopta formas circulares que encierran al personaje dentro de un dispositivo o visor. Esos contrastes introducen una dimensión de vigilancia que vuelve explícito el control que antes operaba de manera más difusa.

De este modo, Un futuro brillante no se organiza alrededor de una rebelión abierta ni de un colapso del sistema. Por el contrario, la tensión narrativa se concentra en un gesto mínimo: la sospecha de Elisa de que vivir no es lo mismo que cumplir con lo esperado. En esa duda —quedarse, demorarse, perder el tiempo— la película encuentra su núcleo dramático. La distopía deja entonces de funcionar como un futuro lejano para convertirse en una pregunta sobre el presente: hasta qué punto el progreso puede transformarse en una forma silenciosa de control.

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