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Crítica de “La muerte de un unicornio”: Paul Rudd y Jenna Ortega en una película rumbo al cine de culto
Hay películas que buscan trascender por su perfección formal y otras que apuestan todo al riesgo creativo, al desparpajo y a la provocación. La muerte de un unicornio (Death of a Unicorn, 2025), escrita y dirigida por Alex Scharfman, pertenece sin dudas a este segundo grupo.
Desde su premisa —ricachones sin escrúpulos, unicornios asesinos y drogas hechas con cuernos mitológicos— queda claro que no estamos ante un producto convencional. La película plantea una comedia negra heredera del cine de explotación y del espíritu independiente que históricamente ha dado origen a verdaderos fenómenos de cine de culto.
Paul Rudd y Jenna Ortega, quienes además participan como productores, interpretan a un padre y su hija que atropellan accidentalmente a un unicornio camino a una casa de campo propiedad del jefe del personaje de Rudd: un magnate farmacéutico (Richard E. Grant) que ve en la criatura mítica una oportunidad de negocio millonaria. A partir de allí, el relato se sumerge en una espiral de ambición, codicia y violencia, con consecuencias tan grotescas como sangrientas.
La muerte de un unicornio despliega una sátira social contra una élite económica que prioriza el lucro por sobre la salud pública, la ética y el medio ambiente. El unicornio —animal mitológico— es reducido a materia prima para fabricar drogas, en una metáfora tan obvia como efectiva.
El film se mueve con comodidad entre el gore, el humor salvaje y la crítica social. En su ADN conviven ecos de Del crepúsculo al amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996) y del delirio contemporáneo de Oso intoxicado (Cocaine Bear, 2023), construyendo una experiencia irregular pero magnética. No todo funciona, pero la actitud lo es todo.
No sorprende que A24, junto al respaldo de Universal, esté detrás de esta producción. El sello se ha convertido en sinónimo de propuestas de riesgo, alejadas de fórmulas seguras y diseñadas para públicos dispuestos a algo distinto al cine industrial de consumo rápido.
Ante este panorama, La muerte de un unicornio se siente como una bocanada de aire fresco. Un cine imperfecto, excesivo y consciente de su propia locura.