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Crítica de “La trampa”: El show hitchcockiano de Shyamalan
Hace unos meses, M. Night Shyamalan produjo Observados (The Watchers, 2024), una película dirigida por su hija Ishana. En La trampa (Trap, 2024), realiza un filme que tiene a Saleka Shyamalan como una estrella del pop dando un concierto.
El asesino y secuestrador apodado “el carnicero” (Josh Hartnett) asiste con su hija (Ariel Donoghue) al concierto de una cantante pop llamada Lady Raven (Saleka Shyamalan). El show tiene lugar en un estadio tipo Movistar Arena, rodeado por la policía que busca al criminal y espera el momento para atraparlo. Escapar de la trampa que le han tendido parece una tarea imposible para el carnicero.
No es novedad que Shyamalan sea uno de los directores contemporáneos que mejor interpreta al maestro del suspenso Alfred Hitchcock. En este film, hay muchas referencias a La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943), con la figura del mal camuflada en un familiar, y a Psicosis (1960), con la doble personalidad del asesino (y la madre merodeando la escena), y las líneas que atraviesan la pantalla. Además, a nivel formal, presenta el juego del gato encerrado de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956) en la escena del concierto, y también acciones simultáneas en un mismo plano, puertas que se abren y cierran, y las miradas inquietantes de Marnie la ladrona (Marnie, 1964).
Sin embargo, el atractivo plot planteado por Shyamalan se diluye a los pocos minutos de comenzado el relato. Las situaciones se vuelven cada vez más inverosímiles y cuesta mantener la tensión de la trama. Para el cineasta, al igual que para Hitchcock, el cine es un juego de atención. Mover la cámara para dar cuenta de algo que está en un bolso, o construir suspenso a partir de la información suministrada al espectador. Los distintos puntos de vista, la acción que se desarrolla en una dirección y se resuelve en otra. Una suerte de acto de magia que nos hace conscientes del truco y nos engaña de todos modos.
Ese dominio de la puesta en escena le ha valido a Shyamalan la admiración de sus seguidores, mientras que la repetición de sus premisas de encierro y vueltas de tuerca finales ha agotado a sus detractores. En esta oportunidad, el realizador muestra demasiado sus intenciones y quizás quede en fuera de juego en varias ocasiones. Como alguien que sabe de su habilidad y abusa de ella en demasía, el mago que revela sus trucos, con el tiempo, pierde su capacidad de sorprender.