Salas
Crítica de “Primate”: Un terror eficaz que explica la violencia pero no la cuestiona
Aunque introduce una causa racional para el comportamiento violento del animal, Primate (2025) no avanza en una reflexión ética y termina reforzando una mirada especista propia del género. Un film correcto en lo formal, limitado en lo temático.
La película se inscribe dentro del cine de terror con animales, un subgénero históricamente atravesado por una lógica antropocéntrica que construye a la naturaleza como amenaza y al ser humano como víctima legítima. La producción dirigida por Johannes Roberts no intenta romper con ese legado, sino que se apoya en él para ofrecer un relato de supervivencia tenso, efectivo y reconocible, más interesado en el impacto inmediato que en una revisión de sus propias premisas.
Roberts, responsable de títulos como Terror a 47 metros (47 Meters Down, 2017), Terror a 47 metros: el segundo ataque (47 Meters Down: Uncaged, 2019) y Los extraños: cacería nocturna (The Strangers: Prey at Night, 2018), vuelve a trabajar sobre un terreno que le resulta familiar: personajes acorralados, espacios hostiles y una amenaza constante que se impone desde el clima y la puesta en escena. Su cine prioriza el suspenso directo y el manejo del ritmo por sobre la complejidad dramática, y Primate responde con claridad a esa lógica autoral.
La historia sigue a un grupo de jóvenes que, tras una experiencia inicial de aparente normalidad, deben enfrentarse a un chimpancé criado como mascota que, luego de contraer rabia, se vuelve violento e impredecible. El guión establece desde temprano que la agresividad del animal tiene una causa biológica concreta, evitando atribuirla a una maldad innata. El elenco principal, integrado por Jessica Alexander, Johnny Sequoyah y Troy Kotsur, acompaña con solvencia un relato que privilegia la acción y la tensión por sobre el desarrollo psicológico, cumpliendo con las exigencias del género sin mayores sobresaltos.
Desde lo formal, Primate funciona con eficacia. Roberts demuestra oficio en el uso del fuera de campo, el diseño sonoro y un montaje preciso que construye amenaza sin necesidad de recurrir constantemente al shock. La duración ajustada y el pulso narrativo sostenido evitan tiempos muertos y mantienen el interés a lo largo de la proyección. En términos técnicos y de ritmo, la película cumple con lo que promete.
El conflicto aparece en la representación del animal. Si bien la película introduce una explicación racional para su comportamiento, esa justificación no se traduce en una problematización ética. Por el contrario, hay múltiples escenas donde el chimpancé es mostrado de manera abiertamente maligna, incluso de forma gratuita, a través de encuadres, gestos y situaciones diseñadas exclusivamente para reforzar su condición de monstruo. La puesta en escena contradice la explicación inicial y vuelve a instalar una lógica conocida: el animal como amenaza absoluta.
En ese sentido, Primate confunde explicación con reflexión. Señalar una causa médica no alcanza para cuestionar el esquema que reproduce. La película no se detiene a explorar la responsabilidad humana ni a sostener un conflicto moral prolongado, y el lenguaje cinematográfico empuja al espectador a alinearse con la necesidad de eliminar al animal como única salida posible. La vida humana se impone como valor incuestionable y el terror se construye desde una mirada claramente especista, funcional al espectáculo.
El resultado es un film técnicamente competente, alineado con la filmografía previa de Johannes Roberts y efectivo como entretenimiento, pero limitado en su alcance temático. Primate explica el origen de su horror, pero no lo problematiza. Y en ese gesto deja en claro que su interés no está en revisar el vínculo entre humanos y animales, sino en utilizarlo como combustible para un terror directo, clásico y sin demasiadas fisuras.