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Crítica de "Dimelo bajito": vínculos tóxicos y una historia que se niega a cambiar
Tras el impacto comercial de la trilogía Culpables, Dimelo bajito (2025) vuelve a recorrer el universo narrativo de Mercedes Ron con una certeza previa: hay fórmulas que no se tocan. El punto de partida es conocido y no intenta disimularlo. Un pasado afectivo regresa sin aviso y se incrusta en una vida que parecía ordenada, como si el tiempo hubiera estado en pausa esperando ese momento.
Kamila Hamilton está convencida de haber cerrado una etapa. Siete años después, los hermanos Di Bianco reaparecen y ese equilibrio se vuelve frágil en cuestión de escenas. No hay misterio en el conflicto, sino en la insistencia con la que la película decide recorrer siempre el mismo camino, incluso cuando ya se sabe a dónde conduce.
Thiago ocupa el lugar del primer amor que nunca termina de irse. Taylor, el amigo de la infancia, muta hacia una zona ambigua sin que el relato se detenga a pensar qué implica ese desplazamiento. Entre los tres se arma una dinámica suspendida en el tiempo, como si la adultez no hubiera dejado marcas y los silencios siguieran diciendo exactamente lo mismo que antes.
La narración se apoya en una acumulación de gestos previsibles: miradas prolongadas, palabras que no llegan, decisiones que se estiran hasta que el conflicto estalla por cansancio. El triángulo amoroso avanza sin desvíos ni tensiones reales, sostenido más por inercia que por construcción dramática.
Kami, interpretada por Alícia Falcó, queda atrapada en una lógica que no le permite existir fuera del vínculo con un hombre. Siempre hay alguien que la rescata, la contiene o la empuja al desorden. Nunca está sola, nunca decide del todo. La película parece necesitarla en ese lugar para que el engranaje siga funcionando.
Thiago y Taylor, encarnados por Fernando Lindez y Diego Vidales, operan como figuras complementarias más que como personajes. Uno representa el deseo; el otro, la protección. Ninguno se sale de ese esquema, y el guion tampoco parece interesado en que lo hagan.
La aparición del novio violento funciona como un atajo narrativo. Está diseñado para generar rechazo inmediato y justificar la entrada en escena de los salvadores de turno. La figura de la damisela en peligro se reinstala sin pudor y sin reflexión, como si el relato confiara en que esa mecánica todavía alcanza.
Recién hacia el final, Dimelo bajito introduce flashbacks que explican los rencores y las heridas del pasado. La información llega, pero tarde. No por lo que revela, sino porque intenta darle profundidad a un recorrido que ya eligió no tenerla. Más que cerrar el relato, esos fragmentos parecen un parche que busca justificar lo anterior.
La película dirigida por Denis Rovira confirma una lógica persistente: la intensidad entendida como saturación, la acumulación de conflictos como sustituto de las preguntas. No hay reflexión sobre el deseo, la comunicación o la autonomía porque el relato no las necesita; su motor no es la búsqueda, sino la repetición. Dimelo bajito no se agota por exceso, sino por convicción: insiste en decir lo mismo, una y otra vez, convencida de que subir el volumen alcanza.