2025-12-01

Salas

Crítica de "Fue solo un accidente": Jafar Panahi, cine iraní y resistencia

“Ya es tiempo de pedir a todos los iraníes… Que nadie jamás nos diga cómo vestirnos o qué hacer”. Con esa frase, Jafar Panahi presentó Fue solo un accidente (Un simple accident, 2025) en su primera aparición internacional tras la excarcelación. No fue una declaración protocolar, sino la hoja de ruta de una película que asume su lugar en el presente político iraní sin rodeos.

Por primera vez, Panahi logró salir del país con una obra finalizada. El dato no funciona como anécdota de producción: resume el núcleo de la película. La pregunta ya no es solo cómo filmar bajo censura, sino qué ocurre cuando quienes fueron silenciados recuperan la palabra. La circulación del film fuera de Irán opera como gesto y como consecuencia narrativa: el relato deja de estar encerrado para pasar a disputar sentido en el espacio público global.

La acción se concentra en un automóvil que avanza en la noche, un dispositivo reiterado en la filmografía del director (Taxi Teherán, Offside), aquí convertido en doble figura: refugio y límite. Una familia viaja sin destino preciso. La hija intenta descifrar el silencio del padre; la pareja evita un diálogo pendiente. El choque con un animal obliga a detenerse en un taller mecánico y el relato se desplaza del ámbito íntimo al político.

Uno de los trabajadores reconoce la voz del hombre: es quien lo interrogó y maltrató en prisión. No hay persecución ni huida. Solo un reconocimiento que desencadena la pregunta central: ¿qué hacer frente al verdugo sin replicar su lógica?

El grupo encierra al hombre en el cofre de una camioneta y consulta, por teléfono, a ex presos políticos. Cada llamada introduce una posición distinta sobre justicia, reparación y límite. La película avanza sin subrayados: el conflicto ético reemplaza a la acción. Panahi organiza la puesta con una economía precisa, cercana al teatro filmado, donde el fuera de campo sostiene lo que no se muestra.

El humor aparece como respiración, no como alivio ni ironía, y permite mantener la tensión sin clausurar el debate. La película no busca un veredicto; expone la imposibilidad de uno. Lo que está en juego no es el castigo, sino la frontera entre memoria y repetición.

En 2015, Panahi advertía: “El poder nos acusa de hacer cine para festivales extranjeros… nunca admiten que prohíben nuestras películas en Irán”. Fue solo un accidente funciona como respuesta diferida. Ya no se filma desde la reclusión doméstica ni desde el borde de lo permitido, sino desde la salida forzada de un sistema que sigue impidiendo la exhibición interna.

El resultado no celebra una victoria. Señala una fisura: si la censura ya no puede controlar la circulación, tampoco puede controlar la memoria. La película no propone reconciliación ni venganza. Propone algo más incómodo: seguir hablando.

Panahi vuelve a filmar desde la pregunta y no desde la denuncia. El film sugiere que callarse dejó de ser una opción, y que la libertad no se define solo por cruzar fronteras, sino por poder narrar sin pedir permiso. En ese sentido, el accidente del título no es el choque, sino lo que ocurre después: cuando alguien decide que su historia ya no será contada por otros.

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