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Crítica de "El llamado salvaje": La vuelta al origen de Harrison Ford
John Thornton (Harrison Ford) se une a Buck, el perro protagonista y eje del relato, creado mediante tecnología CGI. La vida de Buck cambia cuando es arrancado de su hogar y trasladado a Canadá para integrar un equipo de perros de trineo encargado de repartir correo. A partir de entonces inicia un recorrido marcado por el aprendizaje, que lo orienta hacia la búsqueda de un lugar propio y lo conduce a asumir un rol de liderazgo. Tanto Buck como John transitan momentos de desconcierto y desgaste personal; en ese cruce encuentran sostén para recuperar perspectiva y avanzar.
El llamado salvaje (Call fo the wild, 2020) retoma un esquema conocido dentro del cine con animales, pero sostiene el interés. La principal dificultad aparece en la representación digital del protagonista, cuya integración con otros perros resulta irregular en algunas escenas. El guion recurre a estructuras previsibles, aunque introduce una decisión que modifica la lectura: la película está narrada desde el punto de vista del animal y ubica a Harrison Ford como acompañante, no como figura de autoridad. Su encuentro se produce recién avanzada la trama, lo que altera la jerarquía tradicional entre humano y perro y contribuye al funcionamiento del vínculo.
Más allá de sus limitaciones visuales, la historia propone un recorrido que puede leerse como tránsito vital: la búsqueda de identidad, el desprendimiento del pasado y la aceptación del propio recorrido. Leído desde esa clave, el film opera como metáfora sobre el camino y las decisiones que moldean una existencia.