2025-11-14

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Crítica de "La ola": Sebastián Lelio entre feminismo, trauma y coreografías de protesta

El chileno Sebastián Lelio incursiona en un terreno poco explorado en el cine latinoamericano contemporáneo con La ola (2025), un musical que transforma las protestas feministas chilenas de 2018 en un mosaico de coreografías militantes, consignas cantadas y tensiones ideológicas. La historia de Julia, una joven estudiante de música que confronta su trauma personal al integrarse a un movimiento universitario contra la violencia sexual, funciona como columna vertebral para reflexionar sobre la relación entre lo íntimo y lo colectivo en los procesos de transformación social.

La película destaca por su despliegue visual y escénico. Planos secuenciales acompañan a manifestantes con pasamontañas rojos que ocupan aulas y patios, encarnando su denuncia en coreografías que oscilan entre la ritualidad simbólica y la dinámica del caos callejero. Las escenas musicales, desiguales en su eficacia melódica, logran sin embargo transmitir la urgencia del mensaje, especialmente cuando el coro estudiantil irrumpe en la cotidianeidad institucional con letras que convierten las denuncias en estribillos políticos. En su debut actoral, Daniela López aporta vulnerabilidad y firmeza a un personaje cuya evolución, aunque por momentos limitada por el guion, crece en paralelo al movimiento que lidera.

Lelio incorpora, además, breves rupturas metacinematográficas en las que cuestiona su propio lugar como director hombre en una historia de lucha feminista. Estos gestos suman capas reflexivas, aunque también evidencian una cautela que tensiona el tono general del film: ¿hasta dónde puede permitirse la ambigüedad una obra sobre protestas radicales?

La estructura narrativa, que se mantiene vibrante en su desarrollo central, pierde consistencia en el tramo final. El tercer acto introduce resoluciones aceleradas y subtramas que diluyen el conflicto principal, como la reconciliación con ciertos aliados masculinos, cuya resolución parece más funcional al cierre narrativo que a una exploración profunda del dilema ético que plantea.

A diferencia de otros musicales recientes que suavizan sus posturas políticas, La ola evita esa trampa: cada número refuerza la tensión, visibiliza el malestar y transforma la música en herramienta de confrontación. El diseño de producción subraya esta intención: los grises institucionales de los pasillos universitarios contrastan con los rojos vibrantes de las intervenciones, marcando una fisura entre el orden establecido y la revuelta en curso.

La ola no es un musical convencional ni un film que busque conclusiones definitivas. Su fuerza radica en el riesgo, en la posibilidad de fallar intentando algo nuevo. Más que un manifiesto cerrado, Lelio ofrece un dispositivo escénico que invita a pensar la militancia feminista como una performance en permanente construcción. Cuando la cámara se aleja de las estudiantes coreando bajo la lluvia, la imagen no cierra, abre. La lucha continúa.

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