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Crítica de "El príncipe de Nanawa": Clarisa Navas y el "Boyhood" paraguayo
El príncipe de Nanawa (2025) podría leerse como el álbum de fotos que Clarisa Navas (Las Mil y Una, 2020) fue armando sin saber que, algún día, sería una película de 212 minutos. Conoció a Ángel Stegmayer a los nueve años mientras filmaba un documental para Canal Encuentro, un niño con la energía de quien siente que la Pasarela de la Amistad —ese puente que une Paraguay con Argentina— es apenas la extensión de su patio. Lo que empezó como un registro lateral se convirtió en un pacto, él le prestaba su vida y ella le ofrecía una cámara.
Rodada entre 2015 y 2024, la película acompaña a Ángel desde la escuela hasta su entrada en la adultez. Lo vemos jugar, estudiar, trabajar en obras, tatuarse, enamorarse y enfrentar revelaciones familiares que alteran su mirada sobre sí mismo. Todo transcurre en Nanawa, ciudad marcada por el comercio informal, las asimetrías con el noreste argentino y la persistencia del guaraní como lengua viva. Allí, infancia y adolescencia conviven con el trabajo precoz y un ritmo de vida que resiste a la homogeneización cultural.
Como en Boyhood (20140, de Richard Linklater, el tiempo no es un recurso narrativo, sino la materia misma del film. Cada salto condensa una etapa de crecimiento: el cuerpo cambia, las ideas se tensan, el entorno se redefine. Pero aquí no hay guion que anticipe la trama; la vida avanza en estado puro, con sus contradicciones y revelaciones imprevistas.
A diferencia de Linklater, Navas no moldea a Ángel como personaje y lo deja ser. Podría ser cualquiera de esos chicos que uno recuerda haber visto crecer, aunque aquí cada golpe y cada cicatriz quedan registrados. Lo esencial no es la transformación física, sino las huellas que dejan las personas y los lugares.
A medida que pasan los años, la relación entre directora y protagonista se vuelve invisible para la cámara, pero está en todas partes: en los silencios, las risas, los mensajes de enojo. Esa confianza —frágil y rara— sostiene el relato. No hay héroes ni moralejas, solo la certeza de que mirarlo crecer fue un acto de atención que transforma a quien mira.
Cuando termina, queda la sensación de haber asistido a algo íntimo, una amistad que se dejó filmar, un territorio que se dejó escuchar y un chico que aceptó ser mirado sin prometer nada a cambio. El verdadero hallazgo de El príncipe de Nanawa es comprobar que el cine puede transformar una vida anónima en memoria colectiva, otorgarle un lugar en el relato común y preservarla del olvido. Navas confirma que, cuando la cámara se sostiene en el tiempo y en la cercanía, no solo cuenta la vida de otro, también enseña a mirar la propia desde otra perspectiva.