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Crítica de "Rampage: Devastación": Entre la Roca y los monstruos
A esta altura del cine mainstream, discutir la legitimidad de las adaptaciones de videojuegos al formato audiovisual resulta una instancia superada. Lejos de buscar fidelidad o profundidad narrativa, muchas de estas transposiciones proponen una experiencia sensorial basada en el movimiento constante y los efectos visuales. Rampage: Devastación responde a esa lógica con una premisa simple: animales mutados se convierten en amenazas gigantescas y un héroe improbable debe enfrentarlos.
El punto de partida es un accidente espacial: una estación que transporta material genético experimental explota y provoca la caída de cápsulas radiactivas en distintas partes del planeta. Las víctimas son un lobo, un cocodrilo y un gorila albino, este último bajo el cuidado de Davis Okoye, un zoólogo militarizado que se convierte en la figura central del relato. Desde allí, el camino se pavimenta con acción, persecuciones, transformaciones monstruosas y enfrentamientos que priorizan el impacto visual por sobre la lógica narrativa.
Dwayne Johnson, quien oficia de protagonista y eje carismático, se desplaza con naturalidad entre el tono épico y el gesto cómplice. El guion, consciente de sus propias limitaciones, evita detenerse en explicaciones complejas y avanza al ritmo de las secuencias de acción. Los diálogos funcionan como pasajes funcionales para conectar escenas de caos, mientras que el conflicto se presenta de forma binaria: animales descontrolados vs. instituciones corruptas.
En ese sentido, la película encuentra su centro en la corporalidad de Johnson, quien sostiene el relato con una dosificación medida de humor, sensibilidad y heroísmo. No hay ambigüedades ni matices. La narración apuesta por lo directo y lo inmediato, incluso cuando eso implique sacrificar toda verosimilitud.
Dirigida por Brad Peyton, cuyo recorrido en cine familiar y aventuras lo posiciona como un artesano del entretenimiento funcional, Rampage: Devastación (Rampage, 2018) construye su atractivo en base a un diseño de producción que no escatima en destrucción. Las escenas finales reúnen a las tres criaturas mutadas en una ciudad reducida a escombros, mientras la trama intenta resolver los cabos sueltos con un cierre que privilegia la acción por sobre la lógica.
Sin embargo, el tercer acto no alcanza a coronar lo prometido. La falta de antagonistas con peso dramático y la resolución apresurada restan impacto a la escalada previa. Aun así, el film encuentra cierto equilibrio en su autoconsciencia. “Esto es demasiado”, dice uno de los personajes en un momento clave, y la frase resume la postura del relato: el exceso como estilo, el absurdo como horizonte.