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Crítica de "La furia": Ángela Cervantes canaliza una violación a través de Medea
En La furia (2025), Álex (Ángela Cervantes) es una joven actriz que, tras ser violada en una fiesta de fin de año, no logra identificar a su agresor. Busca contención en su hermano Adrián (Àlex Monner), pero solo recibe reproches. Aislada, enfrenta en soledad el silencio, la vergüenza y la culpa. Mientras Adrián se hunde en su propia espiral de violencia, ella encuentra en el teatro y en la figura de Medea una forma de procesar el dolor.
En su ópera prima, Gemma Blasco elige narrar una violación sin mostrarla. Sustituye la imagen por una pantalla negra y el sonido por un silencio absoluto. Lo invisible se vuelve insoportable, y esa elección convierte a La furia en una experiencia sensorial. No hay morbo ni evidencia, pero sí trauma. Desde esa ausencia física, la película explora las secuelas de la violencia sexual y los discursos que la atraviesan.
La propuesta visual de Blasco transita el borde entre lo explícito y lo simbólico. La sangre, los animales sacrificados, la puesta en escena de Medea no funcionan como elementos decorativos sino como detonantes dramáticos que activan la furia contenida de una víctima obligada a explicar su sufrimiento. Los cuestionamientos de Adrián no son solo desafortunadas: son estructurales. Revelan cómo incluso los lazos más íntimos reproducen la lógica del descrédito.
En esa fusión entre teatro y biografía, el mito de Medea no aparece como referencia culta, sino como un reflejo íntimo del desgarro y la transformación de la protagonista. La tragedia antigua adquiere nuevas resonancias al articular la rabia y la impotencia de una mujer que ha sido despojada. En tiempos de exposición, La furia elige el silencio. No busca aleccionar, sino representar la complejidad emocional posterior a una agresión. Blasco logra materializar lo que no se ve ni se dice. El resultado es una película que no necesita gritar para incendiar.