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Crítica de "Corazón Delator": Marcos Carnevale regresa con trasplante, barrio y redención
Corazón Delator (2025), dirigida por Marcos Carnevale, vuelve a recorrer un terreno familiar: hombres solitarios, mujeres resilientes, y un destino que empuja más que los personajes. Esta vez, el punto de partida es un trasplante de corazón, pero no se trata de un thriller médico ni de ciencia ficción distópica, sino de una historia de amor con componentes de conciencia social, en la que los dilemas morales quedan sugeridos pero nunca desarmados.
Juan Manuel, interpretado por Benjamín Vicuña, es un empresario de manual: exitoso, frío, urbanita. Su vida cambia cuando recibe el corazón de Pedro, un vecino de barrio obrero cuya muerte lo transforma en un donante providencial. Valeria (Julieta Díaz), su viuda, sostiene la historia con su esfuerzo por evitar que el barrio desaparezca bajo la topadora del “progreso" (paradójicamente el nombre del barrio). Juan Manuel llega para ayudar, pero oculta la verdad. Y sí. Hay atracción, redención, y algo de culpa reciclada en buena voluntad.
La estructura narrativa de Corazón Delator se mueve entre el melodrama clásico y el cine de buenas intenciones, sin abandonar del todo el tono telenovelesco. Carnevale evita los excesos del llanto fácil apelando a una elipsis quirúrgica en algunos momentos claves. Es ahí donde se percibe cierta madurez narrativa. Menos es más, aunque tampoco se arriesga demasiado.
El carisma del elenco, que incluye a Peto Menahem, Gloria Carrá, Julia Calvo y Yayo Guridi, entre otros, sostiene una película que nunca busca ser otra cosa que entretenimiento de media tarde. El conflicto central —ocultar el vínculo con el donante mientras se intenta redimir— es más interesante en el papel que en la ejecución, pero cumple con su cometido: movilizar al espectador sin sacudirlo.
El eje social está presente, aunque funcional a la historia romántica. La lucha por salvar el barrio tiene más de marco que de motor narrativo, y sirve para insertar personajes secundarios que aportan color local sin desbordar la línea argumental. Carnevale, lejos de reinventarse, se reafirma: no hay apuesta formal, pero sí eficacia narrativa.
El mensaje —la importancia de los trasplantes, la empatía interclase, la reinvención del amor— llega claro y directo, como si se tratara de una publicidad institucional. No es un defecto, es parte del estilo del director, que ya con Elsa & Fred (2005) y Goyo (2024) demostró que no busca profundidad, sino impacto inmediato y emocional, aun cuando el tema lo invite a ir más lejos.