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Crítica de "Tuttle Twins": animación infantil al servicio del adoctrinamiento libertario
Tuttle Twins (2021-25), la serie animada de 33 episodios creada por el abogado mormón Connor Boyack y producida por Angel Studios —la misma casa responsable de otros contenidos cristianos y ultraconservadores como Sonido de libertad (Sound of Freedom, 2023) y Cabrini (2024)—, plantea una premisa en apariencia inofensiva: Ethan y Emily Tuttle, dos hermanos gemelos de ascendencia cubano-estadounidense, viajan junto a su abuela Gabby a lo largo del tiempo y el espacio para conocer a figuras clave del pensamiento económico, político y científico.
A lo largo de tres temporadas, los mellizos se introducen en distintos momentos históricos y, mediante una narrativa simple y envolvente, “aprenden” valores como la libertad individual, el derecho a la propiedad privada, el rechazo al colectivismo y la supuesta maldad intrínseca de los impuestos. Esa educación, sin embargo, se basa exclusivamente en la lógica del libertarianismo estadounidense más extremo, donde el Estado es retratado como el enemigo natural de la libertad y todo lo público, como una amenaza al individuo.
En sus recorridos, los protagonistas conocen a Ludwig von Mises, Milton Friedman, John Locke, Frédéric Bastiat y Adam Smith, presentados como faros del progreso humano. El tono es celebratorio: la libertad se equipara al mercado, y cualquier forma de regulación estatal aparece como sinónimo de opresión. En el reverso, figuras como Karl Marx son caricaturizadas hasta el ridículo, asociadas a la miseria del socialismo real, al Muro de Berlín y a un supuesto “atraso moral” de la humanidad.
No hay matices ni tensiones. No hay preguntas abiertas ni contradicciones internas. Lo que Tuttle Twins propone es una lectura binaria del mundo: emprendedores buenos contra gobiernos malos; individuos que prosperan versus comunidades que estorban; capitalismo como solución frente a cualquier otra alternativa, presentada siempre como un desastre.
Sin embargo, el riesgo más serio no está solo en lo que se dice, sino en la manera en que se dice. Tuttle Twins no impone, seduce. Su estrategia discursiva es eficaz: personajes entrañables, humor blanco, colores brillantes y aventuras familiares que apelan directamente a la emocionalidad. No intenta persuadir con ideas, sino con afectos. Y eso la convierte en un producto ideológicamente más potente.
Ahí es donde el proyecto se revela en su verdadera dimensión: la infancia como blanco de la batalla cultural. Bajo el formato de entretenimiento didáctico, lo que se moldea es una subjetividad cerrada al disenso. No se invita a pensar, sino a internalizar un sistema de valores específico que transforma el mundo en mercancía y la libertad en sinónimo exclusivo de consumo.
Conviene aclarar: el liberalismo económico no es, por definición, un enemigo de la democracia. Pero cuando sus postulados se presentan como verdades absolutas, sin posibilidad de cuestionamiento, se convierten en religión. Y eso es precisamente lo que hace Tuttle Twins: no abre el debate sobre los modelos económicos contemporáneos, lo clausura. No interpela al espectador con dilemas reales, simplemente canoniza una única mirada como si fuera incuestionable.
En un contexto global atravesado por debates urgentes sobre el rol del Estado, la justicia social, las desigualdades estructurales, el acceso a la educación y la salud, reducir todo a una cuestión de “esfuerzo individual” y “emprendedurismo salvador” no solo resulta simplista: es profundamente peligroso.
Cuando una serie infantil presenta a Albert Einstein como defensor del aprendizaje autodidacta y enemigo del sistema educativo formal, o cuando representa los subsidios como mecanismos perjudiciales para el desarrollo, no está enseñando economía: está inculcando una visión del mundo. Una visión en la que lo colectivo estorba, lo público molesta y el Estado siempre sobra.
Tuttle Twins no es solo una serie de dibujos animados. Es una intervención ideológica diseñada para intervenir en las conciencias más permeables. Utiliza la narrativa infantil no para expandir horizontes, sino para reducirlos. En lugar de formar ciudadanos críticos, fabrica consumidores convencidos. En lugar de provocar el pensamiento, impone dogmas envueltos en cuentos de colores.
Y aunque es probable que algunos adultos ya formados ideológicamente encuentren en Tuttle Twins una propuesta simpática, incluso divertida en su cruzada contra toda forma de regulación estatal o redistribución, el problema se vuelve estructural cuando este contenido está dirigido a las infancias. Porque lo que para un espectador crítico puede parecer un panfleto sin mayores consecuencias, para un niño o una niña en pleno desarrollo cognitivo y emocional puede operar como una matriz cerrada de pensamiento, sin fisuras ni contrapuntos. Y eso ya no es entretenimiento: es adoctrinamiento.