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Crítica de "iRehén": El secuestro en el Apple Store de de Ámsterdam que Netflix transformó en dispositivo narrativo
En la tarde del 22 de febrero de 2022, mientras Europa miraba hacia Ucrania y los algoritmos predecían guerra, un hombre armado ingresaba a una Apple Store en el corazón de Ámsterdam. Llevaba dinamita atada al pecho, un arma automática y una demanda precisa: 200 millones de euros en criptomonedas y una vía libre de escape. No hablaba en nombre de ninguna causa. No citó a Dios, ni a Marx, ni a Silicon Valley. Sólo quería ser escuchado y que el Estado pagara por aquello que le había hecho.
Tres años después, iRehén (iHostage, 2025) transforma ese hecho brutal en un thriller contenido, frío, casi quirúrgico. Pero a diferencia de otras adaptaciones de hechos reales, esta no romantiza ni dramatiza. Observa.
El director Bobby Boerman reconstruye las varias horas que duró la toma de rehenes con una fidelidad escalofriante. El protagonista, interpretado con precisión por Admir Sehovic, es un ciudadano búlgaro que ingresa a la tienda para comprar unos AirPods y termina convertido en la única persona expuesta físicamente. El resto escapa o se esconde en los pliegues del local. Él queda ahí, como si la lógica misma del sistema lo hubiese seleccionado.
La negociación duró horas. La policía, entrenada para situaciones de alto riesgo, aisló la zona, negoció a través de una mediadora, mantuvo a francotiradores en los techos y apeló a una estrategia de desgaste. Cuando el secuestrador pidió agua, el rehén lo acompañó. En ese instante, corrió y un vehículo de asalto atropelló al atacante. El agresor quedó tendido. Murió horas después.
Todo eso, lo real, está en iRehén. Sin exageraciones. Con tensión progresiva, pero sin música heroica. El suspenso está en los detalles: el reflejo en la vidriera, la respiración contenida, el teléfono que vibra, la mirada al vacío.
iRehén no sólo se anima a recrear un hecho real reciente, sino que lo hace sin eufemismos. El cine sobre terrorismo urbano suele buscar culpables externos, causas ideológicas, enemigos evidentes. Aquí no hay nada de eso. El villano no tiene manifiesto. El rehén no se convierte en héroe. La policía no es celebrada. Y la tecnología, lejos de salvar, simplemente registra.
Es una película sobre un presente roto, donde la violencia aparece como respuesta muda ante un mundo saturado de estímulos y promesas incumplidas. El atacante no representa una ideología, sino una falla del sistema, un glitch humano. Eso la vuelve profundamente inquietante.