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Crítica de "Cuatro estrellas": Crónica emocional de un PH devenido en refugio
Cuando la patria se deshilachaba entre la espuma del champán y la intemperie de los sin techo, había quienes tejían abrigo con lo que había: un mate compartido, una sábana limpia, una mirada que no juzga. En Cuatro estrellas (2025), Pablo Stigliani desentierra de la mugre del neoliberalismo noventoso la posibilidad de un hogar sin apellidos ni legados, hecho de carne viva, de abrazos improvisados, de cuerpos que se apañan como pueden.
Como si La flor de hierro hubiese florecido en Constitución, la película retrata con ternura salvaje la vida en un PH habitado por cuatro trabajadoras sexuales en plena década del 90, cuando el país se rifaba a sí mismo y solo quedaban las sobras. Allí, en ese limbo entre la prostitución, la sororidad y la intemperie emocional, Lila (Ulises Puiggrós), Ámbar (Romina Escobar), Lisete (Mila Jaimes) y Marcela (María Fernanda Callejón) hacen de lo cotidiano una barricada afectiva. Una familia elegida, zurcida con retazos, como una frazada vieja pero cálida.
Cuatro estrellas no se apoya en la épica, sino en los márgenes. Es una película que se mueve al ritmo del duelo, con la respiración pausada de quienes ya no corren por nada ni por nadie. La muerte repentina de Lisete deja un hueco que no se llena, pero que tampoco se ignora. Marcela huye en silencio, como si el dolor no tuviera lugar en su maleta. Y la llegada de Miriam (Ana Celentano), tan terrenal que parece un milagro posible, desordena el tablero con la gracia de quien no promete nada, pero da todo.
Stigliani filma con los ojos de quien conoce la derrota pero no se resigna. La belleza del film no está en la estética: está en la fisura. En las paredes descoloridas, en los tacos gastados, en ese vestido que alguna vez fue de fiesta y ahora es de guerra. La dirección de arte no cae en la nostalgia fácil: es archivo viviente, testimonio textil y arquitectónico de una época donde todo se venía abajo menos las ganas de abrazar.
El elenco es pura presencia. No actúan: habitan. María Fernanda Callejón, Romina Escobar, Mila Jaimes, Ana Celentano, Jorge Sesán y Ulises Puiggrós (también autor del guion) componen una sinfonía rota que suena mejor cuanto más desafinada. En ese PH hay algo de conventillo y algo de templo pagano. Es un útero colectivo, un espacio donde lo íntimo y lo social se confunden como el vino y el agua bendita.
Cuatro estrellas no es una película “sobre prostitutas” ni “sobre trans”. Es una película sobre la fragilidad como forma de resistencia. Sobre los vínculos que se inventan cuando el sistema solo ofrece abismos. Sobre esas microresistencias invisibles que, sin levantar pancartas, sostienen el tejido social mientras el modelo económico arrasa con todo.
Stigliani hace de lo íntimo una trinchera política, sin panfletos ni subrayados. Su cine no suplica: exige. No busca conmover, sino incomodar, raspar, dejar marcas. Cuatro estrellas es una película que arde lento, como brasa en el fondo de un asado olvidado, pero cuya luz sigue brillando en la memoria mucho después del final.
Y aunque esté ambientada en los 90, late con una urgencia que da miedo. Porque las ruinas del neoliberalismo siguen ahí, debajo del maquillaje, esperando que alguien las vea. Stigliani las muestra sin pudor, pero también sin cinismo. Como si todavía creyera que del barro puede salir algo hermoso.