Salas
Crítica de "El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim": No culpes a la nostalgia
Hay algo casi mágico en escuchar las primeras notas de la música de El Señor de los Anillos. Esa melodía que te transporta a la Tierra Media parece evocar el espíritu de la trilogía original, que se manifiesta en los créditos iniciales narrados por Éowyn. Es pura nostalgia. Sin embargo, el hechizo, apenas se instala, comienza a desmoronarse.
El Señor de los Anillos: la Guerra de los Rohirrim (The Lord of the Rings: The War of the Rohirrim, 2024) se centra en Hera, la hija de Helm, rey de Rohan. Una figura que prometía frescura en un mundo dominado por hombres, pero cuyo arco narrativo recuerda demasiado a Éowyn y su lucha por encontrar su lugar. Lo más decepcionante es que Hera no logra ni siquiera igualar esa sombra. Aunque la trama insiste en presentarla como "la guerrera subestimada", el guion jamás le permite serlo de verdad. En una escena clave, Hera tiene su espada al alcance mientras es capturada y, aun así, no actúa. Es frustrante ver cómo esta supuesta protagonista empoderada queda relegada a un rol pasivo.
El conflicto político inicial, que parecía prometedor —un príncipe de Gondor aspirando al trono de Rohan mientras Freca, vasallo de Helm, ofrece a su hijo en matrimonio para garantizar la alianza—, se diluye rápidamente en una trama predecible. Que Wulf, el hijo de Freca, termine siendo el antagonista principal no sorprende a nadie. Lo que podía haber sido un juego intrigante de política y traiciones se siente forzado y carente de originalidad.
La película de producción japonesa ofrece visualmente momentos notables. Las escenas nocturnas y las batallas evocan lo mejor de la trilogía de Peter Jackson. La muerte de Heleth, el hijo mayor de Helm, está brutalmente bien lograda, con un peso emocional palpable en cada plano. Sin embargo, por cada escena acertada, hay detalles que rompen la inmersión: un salto absurdo desde una montaña sin consecuencias o un rey enfrentando el frío con una musculosa, al estilo de Thor: Ragnarok. Son decisiones que desentonan con el tono épico esperado.
Helm, por su parte, plantea un dilema difícil de digerir: su transformación en un rey "poseído" que asesina con las manos. Aunque podría haberse interpretado como un elemento mágico interesante, se siente más como una salida narrativa barata. Incluso en un mundo con Balrogs y anillos con voluntad propia, este giro roza lo absurdo.
La animación, que debería haber sido un punto fuerte, es irregular. Los planos generales son impresionantes, pero los movimientos de los personajes resultan toscos y poco naturales, como si el trabajo no estuviera completamente finalizado. Esto constantemente saca al espectador de la experiencia.
El guion, en tanto, tiene momentos que bordean lo ridículo. ¿Era necesario repetir el cliché de "las águilas gigantes al rescate"? Lo que alguna vez fue una broma recurrente en internet vuelve aquí sin justificación clara. Las motivaciones de Wulf, por otro lado, se reducen tras la primera batalla a un infantil capricho de venganza personal. Con un villano tan unidimensional, es difícil mantener el interés.
El desenlace, que intenta explicar el origen del nombre “Abismo de Helm”, tenía el potencial de ser épico, pero termina siendo risible. La muerte de Helm, congelado tras resistir media película en musculosa, y la derrota de Wulf, sin gracia ni peso dramático, son decepcionantes. No solo carecen de impacto, sino que arruinan lo que podría haber sido un cierre digno.
El Señor de los Anillos: la Guerra de los Rohirrim se percibe como una sombra deslucida de la trilogía original, especialmente del arco de Éowyn, uno de los personajes mejor desarrollados de las películas de Peter Jackson. Aunque la nostalgia inicial tiene su encanto, no basta para sostener un guion débil, personajes mal desarrollados y un desenlace absurdo. Esta película difícilmente logre estar a la altura del legado que busca homenajear.