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Crítica de "Prisma": retrato coral del deseo adolescente en tiempos de incertidumbre digital
En un contexto saturado de relatos que intentan capturar la experiencia adolescente desde moldes preexistentes, Prisma (2022) emerge como una propuesta que se corre del centro. Lejos de moralizar o tipificar, la serie de Ludovico Bessegato, junto con Alice Urciolo en el guion, explora los bordes de la subjetividad juvenil a través de una estructura fragmentaria y un tratamiento coral de personajes.
Ambientada en Latina, una ciudad sin centro histórico, marcada por una arquitectura racionalista que deviene metáfora del vacío existencial, Prisma transcurre entre interiores anodinos —aulas, gimnasios, cocinas familiares— donde se desarrolla el verdadero núcleo de la ficción: la tensión entre identidad y percepción, deseo y mandato social.
El corazón de la serie late en los gemelos Marco y Andrea —ambos interpretados por Mattia Carrano— cuya fisicidad idéntica opera como disparador narrativo. Uno se adscribe a los códigos de la masculinidad tradicional; el otro, al territorio fluido de los géneros. El intercambio de roles, las ambigüedades no resueltas y la constante exposición de sus dudas evitan el encasillamiento y abren múltiples preguntas. La sexualidad, el género, la familia, los vínculos entre pares y el cuerpo como campo de batalla atraviesan la trama sin didactismos.
La narrativa se vale de recursos visuales contemporáneos como los chats en pantalla, saltos temporales abruptos y estímulos visuales constantes que replican el flujo de conciencia adolescente en tiempos de hiperconectividad. Pero lo relevante no es solo el recurso, sino cómo esos dispositivos dialogan con el estado emocional de los personajes, incorporando lo digital como lenguaje estructurante del relato.
A diferencia de otras producciones del mismo target, como Élite, Prisma se detiene en los matices de la experiencia cotidiana, en el desconcierto que genera no encajar, en las preguntas sin respuesta. La serie no representa la adolescencia, la interpela.
Los títulos de los ocho episodios —rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo, violeta y blanco— construyen una narrativa cromática que se alinea con la bandera LGBTIQ+ sin convertirla en una consigna. Cada color es una atmósfera, un tono emocional, una vibración diferente que guía la lectura de los hechos.
El reparto, mayormente debutante o poco conocido, sostiene con naturalidad el peso dramático de escenas íntimas, vínculos complejos y momentos de fuga. La dirección de actores apuesta por una expresividad contenida, acorde a las capas internas que la serie propone escarbar.
Prisma interpela a una audiencia joven que no busca ser representada sino comprendida. Su mayor acierto es no ofrecer respuestas, sino formular preguntas. Lo hace sin subrayados, sin moralejas, sin un mapa preconfigurado. Y lo hace desde un lugar que respeta la incertidumbre como parte del crecimiento.