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Crítica de "Bumblebee": Amigo de fierro
Contra todos los pronósticos y después de cinco películas que marcaron un desgaste progresivo, la franquicia Transformers demuestra que todavía conserva margen de maniobra. Tras el traspié de Transformers: El último caballero, Michael Bay se aparta de la dirección y cede el mando a Travis Knight, responsable de Kubo y la búsqueda del samurái. El resultado es Bumblebee (2018), primer spin-off de la saga y, al mismo tiempo, una precuela centrada en uno de sus personajes más reconocibles.
Ambientada en 1987, la historia se inicia cuando Optimus Prime, líder de los Autobots, envía a Bumblebee a la Tierra para encontrar refugio ante el avance de los Decepticons. La llegada no transcurre sin consecuencias: el robot sufre daños severos, pierde la memoria y su capacidad de habla, y adopta la forma de un Volkswagen Beetle amarillo antes de ocultarse en un depósito de autos abandonados de un pequeño pueblo californiano.
Allí entra en escena Charlie (Hailee Steinfeld), una adolescente que recibe el vehículo como regalo por su cumpleaños número 18. El descubrimiento de la verdadera naturaleza del automóvil da inicio a un vínculo que se convierte en el eje del relato. Bumblebee debe protegerse tanto de amenazas extraterrestres como humanas, mientras la posibilidad de una invasión a gran escala se cierne sobre el planeta.
El marco temporal habilita una serie de referencias claras al cine estadounidense de los años ochenta, con influencias visibles de Steven Spielberg y John Hughes, acompañadas por una banda sonora que explota los hits del período. La adolescente marginada, el vecino introvertido, los suburbios donde los conflictos juveniles transcurren al margen del mundo adulto: elementos reconocibles que definen la identidad del film.
Una de las decisiones más discutibles pasa por la introducción de dos nuevos Decepticons —Shatter y Dropkick— creados específicamente para esta entrega, en un universo que cuenta con un amplio abanico de personajes ya establecidos. En contraste, Steinfeld sostiene con solvencia su rol, especialmente en la interacción con un personaje construido íntegramente por CGI, apoyándose en una trayectoria previa que la vincula con relatos de iniciación y adolescencia. Su presencia marca además un punto de inflexión dentro de una saga históricamente atravesada por una mirada masculina dominante.
Con menos dramatismo forzado, menos énfasis en el espectáculo destructivo y sin el despliegue constante de pirotecnia visual característico de Bay, Bumblebee se acerca como ninguna otra entrega al espíritu de la serie animada original de los años ochenta. La reducción de escala permite un vínculo más cercano entre humano y máquina, apenas insinuado en Transformers, pero nunca desarrollado con esta centralidad.
El acto final cumple una doble función: conecta el relato con el resto de la franquicia y deja abierta la posibilidad de nuevas derivaciones, al tiempo que propone un cierre contenido, apoyado más en la relación entre los personajes que en la acumulación de batallas. Sin romper esquemas ni redefinir el género, Bumblebee aprovecha una vara baja heredada de sus antecesoras para ofrecer una historia que entiende que, a veces, reducir el volumen también puede ser una forma de avanzar.