2009-09-30
La gran comilona
Lluvia de hamburguesas
El fenómeno metereológico del título es provocado por la última creación de Flint, un joven solitario de enorme capacidad inventiva, amante de la ciencia y bastante tímido cuando de mujeres se trata. La maquina es prácticamente la utopía de una pequeña isla (ubicada en la “A de Atlántico”, según cuentan) que añora la industria pesquera que supo caracterizarla, y que hoy es un recuerdo para los habitantes condenados a una dieta a base de sardinas.
La historia roza tangencialmente a ese enorme exponente del cine de animación (y del cine todo) que es Wall-E. Tanto aquí como en futuro que imagina Andrew Stanton se come no por necesidad biológica sino por el placer que genera la ingesta excesiva.
Por otra parte, Lluvia de hamburguesas muestra la reacción uniforme de los isleños ante la novedosa máquina. Desde caramelos para los menores hasta pastas para los adultos, todos disfrutan la panzada. Phil Lord y Chris Miller construyen entonces una hipotética precuela de Wall-E: esa comunidad extasiada ante la comida caída del cielo, futuro compendio de obesidades varias, podría ser la misma que años después destruirá la Tierra y flotará sin otra preocupación que taponar sus arterias de grasa. Es así que el antihéroe no es el alcalde con ínfulas de grandeza dispuesto a todo con tal de recuperar la gloria pérdida sino los peligros que en él se encarnan: la glotonería, la gula y la ambición.
Sin la riqueza argumental de Pixar ni el poderío visual de Dreamworks, Lluvia de hamburguesas fluye con liviandad y simpatía entre reflexiones sobre el amor filial, la responsabilidad y el consumismo hipercalórico que hoy impera en gran parte del mundo. Es difícil que Flint termine hecho muñeco en una cajita feliz.
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