Literatura argentina
Alisa Lein, Agustín De Luca y dos novelas sobre los vínculos y la memoria
Una mujer imagina la casa en la que quiere vivir con su pareja. En otra historia, una hija busca un libro entre los volúmenes que dejó su padre al morir. Una mira hacia la convivencia que vendrá; la otra vuelve sobre una vida que ya terminó. Entre ambos movimientos aparece una inquietud: cuánto sabemos de las personas con las que compartimos la vida y qué lugar queda para aquello que todavía no podemos decir.
Ese cruce permite acercarse a El diluvio de origen, de Alisa Lein, y Las ilusiones, de Agustín De Luca. Publicadas por Bajo la luna, las novelas proponen dos entradas a la intimidad: el proyecto de una pareja y la revisión de una historia familiar. Sus puntos de partida invitan a observar cómo una casa o una biblioteca pueden contener expectativas que sus habitantes no necesariamente comparten.
En la novela de Lein, el desacuerdo encuentra una expresión en los pájaros. A ella le gusta escucharlos; él los asocia con la pobreza. La distancia entre esas percepciones permite pensar algo más que una diferencia de gustos. En el canto que una disfruta, el otro reconoce una pertenencia social de la que quiere apartarse. La aspiración de ascender puede empezar ahí: en la necesidad de vigilar incluso lo que produce placer.
La búsqueda de una vivienda adquiere, desde esa perspectiva, otra dimensión. Elegir dónde vivir supone también decidir qué vida merece ser deseada. El problema aparece cuando el proyecto compartido empieza a confundirse con las expectativas de uno de sus integrantes. Ella sabe que quiere una casa, pero no tiene la misma certeza sobre los deseos del hombre con quien piensa habitarla.
Hay una pregunta que ese planteo deja abierta: cómo reconocer el deseo propio cuando la convivencia ya dispone de palabras, hábitos y planes para nombrarlo. Incluso la manera de definir el vínculo participa de esa dificultad. Llamarlo marido, aunque no haya matrimonio, muestra cómo el lenguaje ofrece una forma de ordenar la experiencia antes de que sus protagonistas hayan terminado de comprenderla.
El diluvio de origen es la primera novela de Lein, después de los libros de cuentos ¿Nunca miraste a un león a los ojos?, publicado por UNR Editora en 2021, y Sentido común, aparecido en Bajo la luna en 2024. Ese paso del cuento a la novela abre una expectativa de lectura: cómo sostener, a lo largo de una narración, las vacilaciones de alguien que todavía busca las palabras para entender su situación.
En Las ilusiones, la incertidumbre llega después de una muerte. La biblioteca del padre queda a disposición de una familia que debe resolver qué hacer con ella. Daniela quiere rescatar un título de su infancia y encuentra entre las páginas algo que altera lo que creía saber. La búsqueda de un recuerdo se convierte así en una indagación sobre quien lo hizo posible.
La biblioteca reúne dos problemas que suelen acompañar una herencia. Por un lado, están las cosas: ocupan espacio, requieren decisiones, pueden venderse. Por otro, permanece la relación que alguien mantuvo con ellas. Para quien reunió los libros, cada volumen pudo formar parte de una conversación consigo mismo. Quienes los reciben deben decidir cuánto de esa conversación desean conservar, aun cuando desconozcan sus motivos.
El hallazgo de Daniela introduce una fisura en ese reparto. Los libros dejan de ser solamente pertenencias y pasan a ofrecer indicios. Pero un indicio necesita interpretación, y quien interpreta también lleva consigo sus conflictos. Reconstruir al padre puede convertirse, entonces, en una manera de buscar explicaciones para el presente de la hija.
Leídas desde sus planteos, ambas novelas permiten pensar la intimidad como una relación que nunca termina de producir conocimiento. Convivir da acceso a gestos, rutinas y preferencias; recordar permite organizar escenas y atribuirles un sentido. Ninguna de esas operaciones agota a una persona.
Una casa por elegir y una biblioteca por desarmar sitúan esa dificultad en momentos distintos. Antes de la mudanza, alguien debe preguntarse qué quiere llevar a su vida. Después de una muerte, alguien debe decidir qué conservar. En ese intervalo entre elegir y heredar, los vínculos revelan cuánto dependen de lo que suponemos saber del otro.