2026-11-08

Novedades literarias

Cambiar de vida, cargar con la historia: cinco libros para descubrir

Hay una distancia entre irse y conseguir empezar de nuevo. Se puede abandonar una casa y seguir viviendo bajo sus reglas; cruzar un océano y conservar en la voz el lugar de origen; dar por terminada una relación hasta que una carta vuelve a ponerla en movimiento. La literatura encuentra en ese intervalo una fuente de historias: el momento en que alguien intenta cambiar de vida y descubre cuánto del pasado participa todavía de sus decisiones.

Los cinco libros de este recorrido permiten entrar en esa tensión desde la novela de formación, la memoria de la inmigración, la exploración del deseo, el policial y el cuento. Cada uno propone su propio modo de acercarse a una pregunta que rara vez admite una respuesta definitiva: qué hacer con lo que nos toca recibir.

En El gran escape, de Neil Smith, publicado por Edhasa, la posibilidad de una vida distinta comienza como un proyecto entre hermanos. Eli y Abi Jones crecen entre el alcoholismo de su padre y la crueldad de su madre. Frente a los adultos, construyen un espacio de pertenencia hecho de referencias compartidas, humor y formas de entenderse que excluyen al resto. Hay algo reconocible en ese mecanismo: durante la infancia, un hermano puede ser la única persona capaz de confirmar que lo que ocurre dentro de una casa ocurre de verdad.

Nueva York concentra la promesa de salir. Para Eli, que sigue a Abi con la confianza del hermano menor, el futuro tiene además la forma de esa compañía. Pero un descubrimiento altera el vínculo y obliga a revisar el plan. La pregunta deja de ser solamente cómo escapar: también importa saber si los dos podrán hacerlo juntos.

Allí se encuentra una razón para acercarse a la novela. Smith pone en juego el conflicto entre el amor y la responsabilidad por la vida del otro. Crecer puede exigir una separación incluso de quien hizo posible resistir. El proyecto de los Jones invita a pensar cuánto puede sostener una alianza entre hermanos y qué sucede cuando cada uno necesita algo diferente para continuar.

En Las formas móviles, Enzo Messina (Paradiso Ediciones) vuelve sobre la historia de su abuela y de su padre. El desplazamiento aparece ligado a la inmigración y a la transmisión de una lengua: aquello que pasa de una generación a otra en los relatos, en las maneras de nombrar y en los sonidos que sobreviven lejos de su lugar de origen.

Una historia familiar nunca llega completa. Se recibe por partes, a veces después de haber escuchado durante años una anécdota cuyo sentido recién se comprende al crecer. La escritura puede reunir esos fragmentos, aunque también debe hacerse cargo de sus huecos. En ese trabajo, la experiencia de una familia permite interrogar una memoria que excede a sus integrantes: la de quienes llegaron al país y tuvieron que aprender a vivir en otra parte.

La presencia del Etna incorpora una imagen para pensar esos movimientos. La tierra también cambia, se desplaza, transforma lo que parecía establecido. El libro de Messina merece un lugar en este recorrido porque propone acercarse a la inmigración desde las vidas que la componen, allí donde una historia de desplazamientos se vuelve una voz escuchada en casa.

Con La travesía (Interzona), de Luisa Valenzuela, el pasado vuelve por otras vías. Una mujer intenta llevar adelante una vida nueva, pero un encuentro, unas cartas y un recuerdo empiezan a modificar lo que creía haber dejado atrás. En ese regreso interviene una relación entre el deseo y la escritura: quién escribe, para quién lo hace y bajo qué condiciones cuenta su experiencia.

Escribir para complacer a otro puede comprometer algo más que las palabras. También puede afectar la imagen que una mujer construye de sí misma, los deseos que reconoce como propios y las versiones de su historia que acepta. La novela abre ese terreno de disputa, donde recuperar lo vivido supone revisar quién tuvo hasta entonces la autoridad para interpretarlo.

El atractivo de esta lectura está en la posibilidad de seguir ese movimiento sin reducir el erotismo a un episodio de la trama. El cuerpo participa del conocimiento; lo que se desea puede cuestionar una certeza o volver insuficiente una explicación. Valenzuela ofrece una entrada para lectores interesados en las relaciones entre intimidad, lenguaje y poder.

En Ojos que no ven (Galaxia Gutenberg), de Martín Caparrós, cuarta entrega de Los tanguitos de Rivarola, una muerte en Buenos Aires abre una trama que conduce hacia la guerra civil española. La víctima es una vidente; su amante, un espía que reúne fondos para el franquismo. Alrededor aparecen el tráfico de armas, los secretos militares y las relaciones de las clases altas con los intereses que se disputan al otro lado del Atlántico.

El policial permite recorrer esas conexiones siguiendo una pregunta concreta: quién mató. A medida que la investigación avanza, importa también observar qué vínculos permiten actuar, encubrir o beneficiarse. Buenos Aires participa de una guerra que podría parecer lejana, mientras Rivarola decide viajar al frente como corresponsal tras conocer el asesinato de Federico García Lorca.

Un embarazo introduce otra medida del porvenir. La historia exige tomar posición y la vida personal reclama decisiones, sin que una conceda tiempo para resolver la otra. Esa convivencia entre investigación, periodismo y conflictos íntimos hace de la novela una opción para quienes disfrutan de los relatos donde el crimen permite entrar en una época.

Hacia ningún invierno, de Daniel De Leo, publicado por Trapezoide, lleva la atención hacia las casas que quedan después de una muerte, una separación o una partida. Hay que repararlas, alquilarlas, defenderlas de un desalojo o encontrar la manera de volver a habitarlas. La pérdida tiene trámites, gastos y tareas pendientes.

En uno de los puntos de partida del libro, alguien va a buscar las cenizas de su madre y recibe una planta de albahaca. La situación desplaza el duelo hacia una obligación concreta: cuidar algo que necesita agua, luz y continuidad. Entre la ausencia de una persona y la presencia de un objeto —o de una planta— se abre un espacio que el cuento puede explorar sin apresurarse a explicarlo.

De Leo invita a mirar qué hacen las personas mientras les sucede aquello que altera sus vidas. Seguir ocupándose de una casa puede ser una necesidad económica, una forma de postergar una decisión o el único modo disponible de atravesar el día. Para quienes buscan cuentos atentos a esa convivencia entre pérdida y rutina, el libro ofrece un motivo de lectura.

Los cinco títulos dejan a sus personajes frente a algo que deben resolver con los recursos que tienen: un hermano, una historia familiar, unas cartas, una investigación, una vivienda. Sus recorridos permiten reconocer que cambiar de vida también consiste en decidir qué conservar, qué volver a mirar y qué, finalmente, dejar partir.

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