2026-11-01

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Crítica de “Mother Mary”: David Lowery y la película más extraña de Anne Hathaway

Mother Mary (2026) es, ante todo, una extrañeza. Una de esas películas hipnóticas en su construcción visual, pero difíciles de clasificar dentro de los cánones narrativos contemporáneos. David Lowery vuelve a explorar territorios cercanos al sueño, lo fantástico y lo metafísico, aunque esta vez encuentra en el universo de la música pop un escenario propicio para desplegar sus obsesiones.

Mother Mary (Anne Hathaway) es una estrella pop alejada de los escenarios y sumida en una profunda crisis personal y artística. Con la intención de preparar su regreso, busca a Sam (Michaela Coel), su antigua vestuarista y colaboradora, para que le confeccione un vestido. Ella es quien mejor conoce los mecanismos detrás de su imagen pública. Sin embargo, la relación entre ambas quedó atravesada por un conflicto que todavía no ha encontrado resolución. Lo que comienza como un reencuentro incómodo y una serie de conversaciones tensas deriva progresivamente hacia una experiencia perturbadora, en la que los reproches, los recuerdos y las heridas emocionales adquieren una dimensión casi sobrenatural.

La vestuarista ocupa un lugar central en esta relación. Detrás del fenómeno pop hay una figura que participa en la fabricación del mito, pero que también puede reconocer sus fisuras. En ese sentido, Lowery introduce una suerte de juego de dobles: la estrella y quien contribuye a construirla, la imagen pública y la identidad privada, la figura venerada y la persona que carga con sus contradicciones. 

A partir de esa relación, el director establece un cruce entre la cultura de las grandes estrellas musicales, la mitología y el imaginario religioso cristiano. La corona que lleva Mother Mary, por ejemplo, remite a la iconografía de la Virgen y a la corona de espinas de Cristo, convirtiéndose en un objeto cargado de significados: poder, martirio, sacrificio y redención. La estrella pop aparece así como una figura sometida a una forma de veneración colectiva. El escenario se transforma en altar y el espectáculo adquiere los códigos de una ceremonia religiosa.

La película lleva esa analogía hasta sus últimas consecuencias. En términos narrativos, la crisis de una cantante pop termina convertida en una suerte de exorcismo. La sesión de espiritismo funciona como un dispositivo para exteriorizar y expulsar el mal, pero también para poner en escena aquello que permanece reprimido en la relación entre ambas mujeres. El encuentro adquiere entonces los rasgos de una ceremonia de purificación, en la que los recuerdos, la culpa y el resentimiento parecen cobrar una presencia física. Lowery desplaza el conflicto desde el terreno psicológico hacia lo sobrenatural y utiliza el ritual para hacer visible el sufrimiento que las protagonistas no consiguen procesar. Así, el director construye un universo donde la fe, la superstición y el espectáculo comparten una misma lógica. 

Sin embargo, esa acumulación de símbolos termina jugando en contra de la película. La solemnidad extrema y el despliegue de imágenes religiosas y perturbadoras vuelven demasiado enfático al conflicto. La puesta en escena, con su habitual inclinación hacia lo onírico y lo trascendente, adquiere una autonomía que termina por desplazar a los personajes. Las lágrimas, los gestos de sufrimiento y la iconografía cristiana se suceden sin que la dimensión emocional consiga sostener semejante intensidad.

Mother Mary encuentra algunas ideas sugerentes en la relación entre la construcción de una estrella y los mecanismos de la devoción religiosa, pero no logra integrarlas en un relato convincente. La forma termina devorando al contenido: allí donde las imágenes buscan producir una experiencia mística, la película se encierra en su propia solemnidad. Una propuesta visualmente hipnótica, aunque también fallida, que confunde intensidad con profundidad y termina perdiéndose en el artificio de su propio universo.

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