Lavalle Casabierta
Crítica de "Emilia y Mónica": humor, amistad y vejez en una obra de teatro en el patio de una casona antigua
En Emilia y Mónica, hablar de las vecinas es también una manera de seguir perteneciendo al barrio. Para eso hace falta alguien que conozca los antecedentes, entienda una insinuación y tenga ganas de agregar lo suyo. La obra encuentra en esa complicidad una forma de acercarse a la vejez: estas mujeres siguen teniendo asuntos que atender, aunque desde afuera resulte fácil confundir el tiempo que comparten con un tiempo vacío.
Vecinas y amigas, Emilia y Mónica esperan mientras ceban mate, intercambian confidencias y recuerdan a sus muertos. Agustina Cabo, autora del texto a partir de una idea de Alejandra Kamiya, y Julia Tozzi interpretan a las protagonistas. En sus conversaciones, una pérdida puede dar paso a un comentario sobre el barrio sin que eso suponga abandonar el dolor. Esa convivencia entre lo que pesa y lo que distrae sostiene la propuesta: el recuerdo de quienes faltan se incorpora a una vida que continúa, con sus costumbres y sus pequeñas indiscreciones.
La dirección de Eliane Rymberg encuentra en el patio de una casona antigua un espacio donde ese mundo puede desplegarse. En Lavalle Casabierta, las persianas, las plantas y las puertas de la casa rodean el encuentro y lo sacan de las convenciones de la sala teatral. Aunque la ficción sitúa a las protagonistas en una vereda, el patio conserva esa posibilidad de asomarse al mundo sin alejarse del refugio. El público queda casi de visita, a una distancia que invita a prestar atención a una conversación que, en otro contexto, quizá escucharía de paso.
Dentro de esa proximidad, la juventud de Cabo y Tozzi vuelve visible el juego de representar una edad que todavía no les pertenece. El vestuario y los anteojos ofrecen señales para reconocerla, pero es la relación entre ambas la que permite ir más allá de la caracterización. El humor tiene ahí su lugar: sus personajes opinan, se burlan y se divierten a costa de otras personas. Esa cuota de malicia evita que el afecto las vuelva inofensivas. La obra les concede contradicciones, algo que suele perderse cuando a las mujeres mayores solo se les permite inspirar ternura.
En sus 35 minutos, Emilia y Mónica sostiene esa mirada sin alejarse de la escala del encuentro. La elección del patio tiene sentido porque acerca al espectador a lo que la obra pone en valor: una amistad hecha de confianza, hábitos y conocimiento mutuo. Allí, acompañarse no exige encontrar las palabras para todo. A veces alcanza con saber quién va a escuchar lo que pasó hoy.