2026-10-25

Netflix

Crítica de "Grande de España": Antonio de la Torre y Alexandra Jiménez en la radiografía de una farsa

La serie sigue a don Leandro (Antonio de la Torre), un aristócrata endeudado hasta el cuello que aguarda con desesperación un nombramiento nobiliario que le devuelva la dignidad social. Para sostener los gastos del caserón madrileño donde habita, el marqués no duda en alquilar sus salones a equipos de cine y publicidad, hasta que irrumpe Sofía Carrington (Alexandra Jiménez), una supuesta empresaria dispuesta a comprar el inmueble. A lo largo de seis episodios, la venta de la propiedad deriva en un juego de seducción entre dos impostores: él oculta la quiebra tras la rigidez del protocolo y ella maquilla su falta de solvencia con la pompa del dinero nuevo.

La hipótesis que impulsa el relato es tan lúcida como despiadada: la aristocracia y el advenedizo contemporáneo operan con la misma lógica de estafador, donde el prestigio se negocia aceptando la mentira del otro sin hacer preguntas. Cavestany y Fernández Armero entrelazan sus registros —el humor incómodo y el absurdo cotidiano del primero con la solvencia para la comedia urbana del segundo— para construir una mirada corrosiva sobre los rituales de la nobleza, mostrando un palacete arruinado donde las luces de los focos de rodaje tapan el moho de las paredes. Sin embargo, la puesta en escena busca acomodarse a los moldes más convencionales de la comedia televisiva, atenuando el choque de clases para priorizar un juego de equívocos amables cuya resolución se adivina varios minutos antes de ocurrir.

Ahí es donde la ficción entra en contradicción con su propia premisa. Antonio de la Torre sostiene al personaje desde la contención, transmitiendo la angustia física de quien se sabe acorralado, mientras Alexandra Jiménez le da réplica con un manejo preciso del ritmo cómico. Pero a medida que el enredo avanza, la dirección prefiere proteger a sus protagonistas y deslizarlos hacia la calidez de la comedia romántica, traicionando la ferocidad satírica del comienzo. Al salvar al marqués del ridículo para volverlo entrañable, la narrativa termina indultando la misma soberbia de clase que pretendía desnudarse en los primeros episodios.

Grande de España (2026) termina funcionando como un entretenimiento elegante pero timorato, que prefiere el abrigo de la empatía fácil antes que llevar hasta sus últimas consecuencias la deformidad de sus criaturas. La serie promete un bisturí sobre los mitos de la alcurnia española, pero termina entregando una anestesia sentimental que confunde la ruina moral con un simple problema de liquidez.

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