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Crítica de "Masterplan": Entretenimiento ligero con un Stanley Tucci brillante
Roger quiere robar la Mona Lisa y, para lograrlo, necesita reunir a sus hijos. El pequeño detalle es que ellos ni siquiera saben que son hermanos, y mucho menos que ese hombre maduro y pragmático es su padre. En Masterplan (2026), la dinámica familiar aterriza con cuentas pendientes: infiltrarse en el Louvre, sustraer el cuadro más famoso del mundo y lograr que los trapos sucios no saboteen la huida. Para los reclamos emocionales ya habrá tiempo. O eso parece asumir Roger, quien tras años de ausencia repentinamente exhibe un apuro atroz por compartir actividades en grupo.
La propuesta de Thomas Vincent utiliza ese insólito reencuentro como pretexto para desmontar y rearmar los códigos del cine de atracos. La fórmula incluye a los especialistas de rigor, el despliegue tecnológico, la precisión quirúrgica de la logística y el inevitable dato guardado bajo la manga para asombrar en el tercer acto. Sin embargo, el rasgo distintivo de la película radica en que la desconfianza del equipo no nace de la paranoia profesional, sino de una duda moral que ningún plano del museo logra despejar: por qué alguien le otorgaría un voto de fe a un padre que solo reaparece cuando necesita mano de obra.
Stanley Tucci convierte esa tensión latente en el motor narrativo del film. Su Roger articula la estrategia del robo y revela su paternidad con un aplomo desarmante, dejando que sean los demás quienes carguen con el peso de la conmoción. Sin elevar el tono de voz ni recurrir a la imposición, le basta con actuar bajo la premisa de que sus condiciones ya han sido aceptadas. Tucci ejecuta con lucidez la comedia de un hombre que pretende amortizar años de abandono sin detenerse a dar una sola explicación sobre el pasado.
En la otra vereda, Chiara (Simona Tabasco) y Jay (Victor Belmondo) responden con una combinación de eficacia técnica y abierta reticencia. Ella aporta la inteligencia cibernética; él, la destreza con los explosivos. Antes de enterarse del lazo sanguíneo, sus intercambios sugieren una tensión de otra naturaleza que la revelación biológica fuerza a reconfigurar sobre la marcha. Si bien la incomodidad inicial enriquece la interacción, la dirección no tarda en encorsetarlos en la típica rivalidad fraterna, echando mano del recurso cada vez que la trama exige un alivio cómico o una discusión menor.
Es allí donde la película empieza a mostrar sus fisuras. Masterplan prioriza vertiginosamente la progresión del golpe por sobre la densidad dramática del vínculo. Los hijos elevan protestas superficiales, Roger administra la información con cuentagotas y el surgimiento de un nuevo obstáculo operativo funciona como la excusa perfecta para esquivar el conflicto de fondo. La herida del abandono paternal termina diluyéndose en el ritmo de la peripecia, sin demandarle al guion una verdadera rendición de cuentas.
Con la ejecución del atraco ocurre un fenómeno similar. El mecanismo de la operación captura la atención: la puesta en escena expone la teoría del plan y construye expectativa a la espera del fallo imprevisto. El montaje manipula con astucia la información, reservándose cartas para el desenlace. Hay un goce genuino en acompañar esa filigrana visual, aunque el impacto de los giros se amortigua cuando se evidencia que el guion siempre guarda una solución bajo el brazo para destrabar milagrosamente cualquier callejón sin salida.
Vincent combina persecuciones, peleas y discusiones familiares en una película que se deja ver, siempre que uno no se pregunte demasiado por lo que pasa. La Mona Lisa aporta la excusa argumental; la elegancia de Tucci, el magnetismo suficiente para sostener el recorrido. El verdadero déficit emerge en el balance final: Masterplan prefiere la mecánica pulida del robo por sobre la complejidad de sus arquitectos, dejando como saldo una experiencia agradable cuya ligereza termina volviéndose amnesia.