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Crítica de "El Potro, lo mejor del amor": Lorena Muñoz detrás del escenario de Rodrigo
Con Rodrigo Romero como protagonista, la directora aborda el ascenso del cantante desde las tensiones entre la exposición pública, los vínculos afectivos y las exigencias de su carrera. Las canciones conviven con un retrato que busca comprender al hombre detrás del ídolo.
Rodrigo es joven, lleva el pelo largo y quiere cantar. El comienzo de El Potro, lo mejor del amor, de Lorena Muñoz, recoge esa ilusión antes de avanzar hacia dos hechos que modifican su vida: el primer viaje a Buenos Aires y la muerte de su padre durante una presentación. Entre la búsqueda de una oportunidad y la pérdida, el relato establece las tensiones que acompañarán su trayectoria.
La imagen del «Bebote Cordobés» va cediendo espacio a la figura de El Potro. Ese cambio también altera el tono de la película: el entusiasmo inicial convive, cada vez más, con los excesos y las dificultades para sostener sus relaciones. Muñoz encuentra allí el centro del drama, en la distancia entre la energía que Rodrigo despliega ante el público y los conflictos que atraviesa fuera del escenario.
Rodrigo Romero aprovecha su parecido físico con el cantante, pero su trabajo no se agota en la caracterización. La manera de moverse, ocupar el escenario y relacionarse con los demás sostiene una interpretación que evita quedar reducida a la imitación. La elección de un protagonista sin experiencia previa en actuación ni canto implica un riesgo que la directora resuelve al integrarlo a la dinámica del elenco.
Florencia Peña y Daniel Aráoz, como Betty Olave y Eduardo Bueno, construyen el entorno familiar. Fernán Mirás, en el papel del representante, adquiere un peso que por momentos lo sitúa junto al protagonista como eje del relato. A través de esa relación se expresan las presiones del negocio y las dependencias afectivas que acompañan la carrera. Su función permite establecer un vínculo con el Toti Giménez de Javier Drolas en Gilda: No me arrepiento de este amor, también dirigida por Muñoz: ambos personajes conectan la experiencia del artista con la estructura que sostiene su exposición.
En esta ocasión, la directora trabaja sobre una figura cuya vida admite lecturas en conflicto. La película intenta atender a las distintas partes de su entorno, aunque ese equilibrio deja ver una tensión: cómo abordar las contradicciones del cantante sin diluirlas en una explicación ni convertirlas en un juicio. Cuando se permite explorar sus conductas y las consecuencias sobre quienes lo rodean, el retrato gana espesor.
Las secuencias musicales recuperan el vínculo de Rodrigo con su público y muestran por qué el escenario ocupa un lugar central en su vida. A la vez, el montaje las articula con situaciones donde esa entrega encuentra un costo. El éxito deja de funcionar únicamente como una meta y pasa a ser una exigencia que reorganiza sus tiempos y afectos.
Muñoz vuelve así sobre una pregunta presente en su película sobre Gilda: qué queda fuera de la imagen que una multitud construye de su ídolo. En El Potro, lo mejor del amor, la respuesta surge del cruce entre el espectáculo y la intimidad. Allí encuentra una perspectiva propia dentro de un relato concebido para un público que conoce las canciones, pero que no necesariamente coincide en cómo recordar a su protagonista.