2026-10-14

CINEAR

Crítica de "Chaco": la disputa por la tierra entre la conservación y el desmonte

Con Chaco (2017), los directores de El impenetrable (2012) continúan una investigación sobre la tierra, su propiedad y las posibilidades de conservarla. Esta vez, el recorrido tiene como protagonista al propio Daniele Incalcaterra. El codirector italiano, que trabaja junto a la suiza Fausta Quattrini, heredó de su padre cinco mil hectáreas de bosque en Paraguay. «Soy un terrateniente», dice, aunque su propósito sea preservar ese territorio y evitar su explotación económica.

En esas tierras habitan especies amenazadas y una comunidad guaraní ñandeva cuya relación con el territorio excede los límites de una escritura. Un decreto del entonces presidente Fernando Lugo permite crear la reserva natural Arcadia, destinada a proteger el ecosistema. Sin embargo, aparece otro propietario, un uruguayo que también cuenta con un título sobre las mismas tierras. Tras la destitución de Lugo, el avance de las topadoras convierte la disputa administrativa en una amenaza de desmonte. «Como en el lejano oeste», señala Incalcaterra: la fuerza comienza a decidir aquello que los documentos no consiguen esclarecer.

El documental parte de un proyecto de conservación y se transforma en el registro de un litigio. Las reuniones, los trámites y las consultas con abogados revelan una estructura en la que la acumulación de procedimientos posterga cualquier respuesta. Chaco examina el funcionamiento de la justicia paraguaya, las irregularidades administrativas y los mecanismos que permiten sostener dos títulos de propiedad sobre un mismo territorio.

La presencia de Incalcaterra como realizador y protagonista incorpora otra tensión. Su condición de heredero le proporciona una herramienta para defender el bosque, pero también lo sitúa dentro del régimen de propiedad que la película interroga. Para conservar las tierras debe acreditar que le pertenecen; para la comunidad que las habita, en cambio, el territorio constituye un espacio de vida cuya legitimidad no comienza con un título. Esa diferencia atraviesa el relato y desplaza el conflicto más allá de una disputa entre propietarios.

En torno al litigio aparecen los intereses vinculados con la adquisición de tierras, la agroindustria y el narcotráfico. La pregunta por quién posee el terreno se enlaza así con otra: quién puede decidir su destino y qué consecuencias tiene esa decisión para quienes lo habitan. El bosque adquiere un valor económico que amenaza con desplazar sus otras funciones.

La puesta en escena encuentra en los espacios una forma de expresar esas tensiones. En el departamento donde Incalcaterra recibe a escribanos, abogados e intermediarios, los ventanales permiten observar la ciudad, el río y, detrás, el bosque. El encuadre reúne el ámbito donde se negocia con el territorio sobre el que recaen las decisiones. Mientras los representantes legales discuten cómo destrabar el expediente, el paisaje permanece a la vista, expuesto a una lógica que se administra a distancia.

Las imágenes de iguanas que se enfrentan o de una araña en su tela introducen otra escala del conflicto. Su aparición devuelve la atención a las formas de vida que el lenguaje jurídico reduce a una superficie mensurable. La disputa comprende mucho más que hectáreas y escrituras: compromete relaciones entre especies, modos de habitar y condiciones de subsistencia.

Chaco sigue la sucesión de los hechos y hace visible el desgaste de una defensa que debe recomenzar ante cada obstáculo. La persistencia de dos títulos sobre la misma tierra concentra las contradicciones del sistema, pero sus consecuencias se extienden al bosque y a la comunidad. El documental registra esa distancia entre los tiempos de la justicia y los del desmonte: mientras el litigio continúa, la transformación del territorio puede volverse irreversible.

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