Palacio Libertad - Sala Argentina
Crítica de “La fuente de Lola Mora”: una biografía esculpida desde el cuerpo
Los cuerpos desnudos, los músculos tallados, el corazón roto. En La fuente de Lola Mora, la vida de la escultora no se organiza como una biografía ni como una sucesión de fechas. Aparece en fragmentos, entre recuerdos, voces, amores, pérdidas y figuras que regresan desde un pasado que todavía reclama ser escuchado.
La producción original del Palacio Libertad, con dramaturgia de María de las Mercedes Hernando y dirección de Nacho De Santis, encuentra en la memoria de Lola el punto de partida para una puesta que rompe con la estructura del teatro clásico. Los personajes entran y salen de escena como recuerdos que no terminan de acomodarse. No importa tanto establecer qué ocurrió primero, sino comprender cuánto de aquello continúa golpeando en el cuerpo de la protagonista.
En el ocaso de su vida, Lola Mora vuelve a su creación más conocida. La Fuente de las Nereidas concentra sus pasiones, los escándalos que acompañaron su trayectoria y el posterior olvido. Allí confunde a las figuras que esculpió con quienes la rodearon. Sus maestros, hermanos, amores y amistades forman parte de una memoria donde la experiencia personal y la creación ya no pueden separarse.
La fuente está presente, pero no como una reproducción ni como un elemento escenográfico. Son los cuerpos de los actores quienes la reconstruyen sobre el escenario. Se agrupan, se enlazan, sostienen posiciones y le dan forma delante del público. La piedra se vuelve carne y movimiento. La imagen sintetiza la propuesta: Lola creó esos cuerpos, pero ahora son esos mismos cuerpos los que intentan reconstruirla a ella.
Vanesa González interpreta a una mujer atravesada por la decisión, el dolor y el desgaste. Su Lola se aferra a la fuente porque allí parece encontrarse todo aquello que los relatos oficiales dejaron afuera. La actuación evita la solemnidad del homenaje y busca a la mujer detrás del nombre, aunque la obra también reconoce que llegar hasta ella quizá sea imposible.
La puesta utiliza la música, el desplazamiento del elenco y la construcción de imágenes colectivas para convertir la Sala Argentina en una extensión de la mente de Lola. Los tonos claros del vestuario grupal contrastan con el rojo de la protagonista, siempre expuesta frente a quienes la observan, la juzgan o intentan definirla.
Por momentos, la cantidad de personajes y movimientos deja poco espacio para el silencio. Sin embargo, esa acumulación también expresa el conflicto de una mujer rodeada por discursos ajenos. Lola Mora fue escultora, pero también incursionó en la minería y promovió proyectos vinculados con los hidrocarburos. Reducciones posteriores la encerraron en una única definición, como si su recorrido pudiera quedar contenido en una placa.
La fuente de Lola Mora no busca completar los vacíos de su historia. Dialoga con ellos. La obra entiende que recordar a Lola no consiste en levantar otro monumento, sino en volver a discutir las condiciones que la convirtieron primero en escándalo y después en olvido.
Al final, la fuente ya no pertenece solamente a la escultora. También pertenece a los cuerpos que la recuperan sobre el escenario. Ellos son la piedra, la maza y el cincel. Al darle forma a la obra de Lola Mora, consiguen que sea ella quien vuelva a ocupar el espacio público.