2026-09-12

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Crítica de "Regreso a Buenos Aires": Marco Bechis y las marcas de una supervivencia atravesada por la culpa

Marco Bechis regresa al territorio que exploró en Garage Olimpo, pero evita la repetición y se interna en las consecuencias que la represión dejó sobre quienes sobrevivieron. Regreso a Buenos Aires (Ritorno a Buenos Aires, 2026) aborda la culpa del superviviente, allí donde la memoria funciona como condena y el silencio prolonga el dominio de los verdugos.

La película sigue a Mariano Guerra, un hombre radicado en Turín que debe regresar a Buenos Aires para declarar en un juicio por crímenes de lesa humanidad. El viaje lo obliga a enfrentarse con sus torturadores, pero también con una verdad que lo acompaña desde hace más de tres décadas: sobrevivió porque colaboró con quienes lo mantenían secuestrado.

Bechis, cuya biografía está atravesada por la última dictadura argentina, adopta una puesta en escena menos frontal que la de Garage Olimpo. La violencia no se reconstruye de manera explícita, sino que aparece mediante fragmentos, sonidos y recuerdos que irrumpen en el presente. Los flashbacks no buscan ordenar el pasado, sino mostrar una memoria quebrada que Mariano nunca consiguió integrar.

La dirección recurre a elementos del cine de terror y del noir para trasladar ese conflicto al espacio: pasillos vacíos, luces bajas, habitaciones cerradas y sombras que alteran la percepción. Buenos Aires deja de ser un escenario reconocible para convertirse en un mapa del trauma. Cada recorrido reactiva una experiencia que parecía contenida, desde la calle donde Mariano fue secuestrado hasta los lugares vinculados con Muñeca y el centro clandestino de detención.

Adriano Giannini construye al protagonista desde la contención. Su interpretación se sostiene en los silencios, la rigidez corporal y una mirada que parece anticipar una amenaza incluso cuando nada ocurre. Mariano no puede narrar su historia sin volver a quedar atrapado en ella, y Giannini transmite esa contradicción sin recurrir al desborde.

Ana Celentano compone a Amalia, otra superviviente que encontró en la palabra y el testimonio una forma de resistencia. Adrián Fondari, por su parte, interpreta al Doctor K, el torturador que también intervino para salvar la vida de Mariano. Esa paradoja concentra el conflicto moral de la película: la víctima permanece ligada a su victimario por una deuda impuesta dentro de una relación fundada en la violencia.

El reencuentro entre ambos en un baño público resume esa lógica. No hacen falta explicaciones ni reconstrucciones gráficas. Una mirada y unas pocas palabras bastan para que la jerarquía del centro clandestino vuelva a instalarse en el presente. La secuencia muestra cómo el poder del represor puede reactivarse décadas después, incluso fuera del territorio donde fue ejercido.

A partir de esa relación, Regreso a Buenos Aires plantea preguntas que se resisten a una respuesta cerrada: ¿qué significa sobrevivir cuando otros fueron asesinados? ¿Puede alguien perdonarse por haber cedido bajo tortura? ¿Cómo se reconstruye una identidad cuando la supervivencia también se vive como traición? Bechis evita convertir a Mariano en culpable o héroe. Lo observa dentro de una zona moral condicionada por el miedo, la coerción y la necesidad de seguir con vida.

La película pierde precisión cuando se aleja de ese núcleo. Algunos tramos dispersan el conflicto entre el drama judicial y el thriller psicológico, mientras que personajes como Evelyn, la hija de Muñeca, aparecen ligados a líneas narrativas que no alcanzan desarrollo. Esa fragmentación debilita parte de la tensión y deja situaciones sin una resolución acorde con el peso que reciben al comienzo.

La fotografía de Fabrizio La Palombara cumple un papel central. Los contrastes de luz sobre los rostros, las texturas inestables de los recuerdos y el registro directo de los exteriores construyen distintos niveles de percepción. Las tomas aéreas de Buenos Aires introducen, además, una asociación con los vuelos de la muerte sin formularla de manera literal. La ciudad observada desde el cielo queda vinculada con aquello que todavía no puede elaborar.

Regreso a Buenos Aires entiende que el trauma no responde a fronteras geográficas ni a una cronología lineal. Los supervivientes llevan el pasado consigo y el regreso a los lugares donde comenzó la violencia puede romper cualquier apariencia de distancia. Bechis vuelve sobre la dictadura no para reconstruirla, sino para examinar su persistencia en los cuerpos, los vínculos y las decisiones de quienes continúan viviendo después de ella.

A veinticinco años de Garage Olimpo, el director retoma una pregunta que atraviesa buena parte de su cine: cómo representar una experiencia que no termina cuando cesa la violencia física. La respuesta de la película se encuentra en el testimonio. Hablar no cierra la herida ni modifica lo ocurrido, pero puede interrumpir el silencio sobre el que los responsables construyeron su impunidad.

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