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Crítica de “La vida es así”: Riccardo Milani y el pastor que dijo no al poder
El director Riccardo Milani (Bienvenido a la montaña, Como pez fuera del agua) construye en La vida es así (La Vita va Cosi, 2026) una sátira sobre la importancia de resistir frente al poder económico y sus mecanismos de presión para conseguirlo todo.
En 1999, un importante grupo inmobiliario italiano quiso construir un hotel cinco estrellas en el sur de Cerdeña. El proyecto, sin embargo, encontró un inesperado obstáculo: Efisio Mulas, un anciano pastor de 80 años que se negó a vender su tierra. Su decisión desató un conflicto que rápidamente dejó de ser un problema personal para convertirse en una disputa que involucró a todo el pueblo.
La estrategia empresarial es tan simple como efectiva: privatizar una playa paradisíaca a cambio de una promesa de prosperidad. El complejo hotelero generaría puestos de trabajo y beneficiaría a toda la comunidad, incluidos algunos familiares del propio pastor. A partir de allí comienza una danza de argumentos —algunos desopilantes— destinados a convencer al hombre de que vender es, en realidad, lo mejor para todos. El problema es que Efisio se niega a ceder y obliga al poder económico a desplegar todo su arsenal para conseguir su objetivo.
Milani apela entonces a una tradición muy reconocible del humor italiano: lo pintoresco, lo grotesco y la exageración como herramientas para retratar el circo de la vida, de donde también surge el título de la película. Lo hace con encanto y frescura, quitándole dramatismo a una historia atravesada por las injusticias, las miserias humanas y las desigualdades de poder. La banda sonora de Moses Concas refuerza el tono del filme.
El poder que pretende comprarlo todo con dinero, la necesidad de trabajo de un pueblo aislado del sur de Italia y la obstinación de un hombre que parece vivir varios siglos por detrás del resto de la sociedad son los elementos que sostienen el relato. Todo está deliberadamente subrayado y exagerado —quizás esa sea una de las principales objeciones que puedan hacerse a la película, su falta de sutileza— para provocar la risa, pero también para reforzar su discurso social sobre la resistencia.
Esa elección termina generando la sensación de que estamos frente a una película de otra época, tanto por su forma como por la manera de abordar sus conflictos. Sin embargo, paradójicamente, esa apariencia anacrónica también es la que vuelve a La vida es así relevante. Porque la historia que cuenta no pertenece únicamente a Cerdeña ni a 1999: su conflicto atraviesa la historia de la humanidad y encuentra ecos en películas como Río salvaje (Wild River, 1960), con Montgomery Clift, o Aquarius (2016), con Sonia Braga.
Milani recuerda, con una película sencilla, didáctica y por momentos demasiado evidente, que hay cosas que no deberían tener precio. Y que, frente a un poder convencido de que todo puede comprarse, decir que no también puede ser una forma de resistencia.