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Crítica de “La Captura”: "El Chapo" Guzmán atrapado en un thriller de manual
Hay una ironía que La Captura (2026) nunca termina de advertir: la historia real tiene bastante más imaginación que la película. Joaquín “El Chapo” Guzmán escapó de un operativo militar en Los Mochis, atravesó un túnel y el sistema de drenaje, salió por una alcantarilla, robó dos autos y terminó detenido por unos policías que perseguían el segundo vehículo sin saber quién viajaba adentro. No es una escena escrita por alguien que abusó de las coincidencias, sino lo que ocurrió. Chava Cartas parte de las crónicas de Héctor de Mauleón y realiza entonces el movimiento más interesante de la película: corre al capo (Héctor Kotsifakis) del centro y se queda con Arturo Carmona y Héctor Rosales (Alfonso Herrera y Noé Hernández), dos agentes ficticios que salen a trabajar y terminan con el hombre más buscado de México en el patrullero. La inversión prometía una película sobre el azar, pero Cartas parece decidido a poner orden allí donde la realidad se había comportado de manera bastante más irreverente.
Lo mejor de La Captura está contenido en una paradoja que la película apenas necesita explicar: Guzmán ha perdido la libertad, pero conserva el poder. Está esposado, agotado y cubierto por la suciedad del drenaje, mientras los hombres que lo custodian tienen armas, patrullero y uniforme; sin embargo, basta que mencione dinero o sugiera lo que puede ocurrirles a sus familias para invertir las posiciones. Kotsifakis comprende esa asimetría y funciona mejor cuanto menos hace: mira, espera, tantea el precio de quienes tiene enfrente. El problema es que Cartas no confía demasiado en esa quietud. La música insiste, las armas aparecen, las miradas se cargan de significado y los diálogos se ocupan de poner subtítulos emocionales a lo que ya estaba ocurriendo. El Chapo podría dominar la escena sentado en una silla, pero la película se empeña en ayudarlo. A veces demasiado.
Esa desconfianza se extiende a la puesta. El motel donde los policías se refugian con Guzmán podía convertirse en una ratonera: pasillos, puertas, ventanas, habitaciones y un exterior del que puede llegar cualquiera. Es decir, arquitectura suficiente para construir suspenso sin necesidad de comprarlo por kilo en la banda sonora. Cartas opta por interiores oscurecidos, primeros planos, contraluces, montaje acelerado y una cámara que registra antes que organiza el espacio. La Captura se mueve mucho, pero acumula poca tensión, quizás porque confunde con demasiada frecuencia movimiento con acción y penumbra con atmósfera. Herrera apuesta por la contención y Hernández por un registro más nervioso, una oposición que podría introducir incertidumbre entre ambos policías, aunque el guion se apresura a explicar sus dilemas antes de que tengan oportunidad de convertirse en conducta. Hasta las dudas vienen con instrucciones de uso.
La película también quiere discutir la fascinación audiovisual por el narcotraficante y allí aparece su contradicción más productiva, aunque probablemente involuntaria. Cartas desplaza a Guzmán del protagonismo para rescatar a quienes lo detuvieron, pero continúa filmando al capo como si todo el universo narrativo dependiera de su magnetismo. Lo saca del centro del encuadre sin sacarlo del centro de la película. Había algo bastante más corrosivo en mostrar al personaje convertido en aquello que efectivamente era durante esas horas: un fugitivo embarrado que había terminado esposado por el robo de un Ford Focus. Esa imagen podía desarmar años de mitología narco con una eficacia que ninguna declaración necesitaba reforzar. La Captura, en cambio, vuelve a rodearlo de música, temor y solemnidad. Quiere desmontar la estatua, pero antes vuelve a iluminarla.
Tal vez por eso la película pierde frente a los hechos que intenta dramatizar. La caída de Guzmán no necesitó de un detective que resolviera un enigma ni de una persecución concebida para desembocar en el tercer acto: necesitó un auto robado y unos policías que hicieron su trabajo sin saber a quién estaban persiguiendo. En esa combinación de azar y rutina había material para hablar del poder, la corrupción, el miedo y también del ridículo que suele esconderse detrás de los grandes mitos criminales. Cartas prefiere un thriller de acción de manual, con personajes reconocibles y una puesta más preocupada por parecer intensa que por producir intensidad. El Chapo necesitó militares, túneles, alcantarillas, dos autos robados y medio Sinaloa movilizado para terminar detenido. A La Captura le alcanza con mucho menos para quedar atrapada en el lugar común.