Salas
Crítica de “Adolescencia, sexo y muerte: Campamento Miasma”: El placer prohibido del terror
La directora Jane Schoenbrun, que venía de sorprender con esa perturbadora rareza llamada Vi el brillo de tu televisor (I Saw the TV Glow, 2024), da un giro hacia el placer prohibido con Adolescencia, sexo y muerte: Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026), una película celebrada por su audacia temática.
Una directora de cine queer (Hannah Einbinder) tiene la misión de relanzar una popular franquicia slasher ochentera llamada Campamento Miasma. Una serie de películas hermanas de Martes 13 (Friday the 13th, 1980), Halloween (1978) o Pesadilla en lo profundo de la noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), en las que un peculiar asesino con máscara y poderes sobrenaturales liquida a cuanto adolescente intenta experimentar con el sexo. No por nada el serial killer se llama “petite mort” (“pequeña muerte”), como se denomina en francés al orgasmo.
La película parte así de una de las reglas más conocidas del slasher: el deseo sexual adolescente aparece asociado al peligro y, muchas veces, al castigo. Pero Schoenbrun toma esa lógica y la desplaza hacia otro lugar. El miedo deja de estar únicamente relacionado con el asesino para vincularse con la dificultad de experimentar el placer prohibido. Y desde allí, el film propone una mirada queer en la manera de cuestionar la lógica moralizante del género: aquello que el slasher clásico convertía en motivo de castigo puede convertirse aquí en una fuente de descubrimiento e identidad.
Por eso, la historia dentro de la historia también subvierte los roles tradicionales de víctima y victimario. La película modifica nuestra identificación con las figuras que ocupan esos lugares y desplaza la mirada hacia quien desea, hacia quien observa y hacia quien intenta recuperar una experiencia perdida. El asesino se convierte también en una figura alrededor de la cual se organiza el deseo. Con ese desplazamiento cambia nuestra forma de mirar aquello que tradicionalmente debía producir miedo.
Quien espere encontrarse con un homenaje al slasher desde su lógica constitutiva, al estilo de Ti West en la trilogía X (2022), Pearl (2022) y MaXXXine (2024), se sorprenderá del mismo modo que los ejecutivos de Hollywood en la trama al escuchar el enfoque que la protagonista quiere darle a su remake queer. El slasher sigue siendo el vehículo pero cambia aquello que busca decir: preguntarse qué había de excitante, fascinante y liberador en aquellas imágenes.
La protagonista es una fanática del slasher, pero también de toda la cursilería que lo rodea: VHS, DVD, pósteres, muñecos, videojuegos, etc. Un universo cinematográfico que excede a la propia película. Schoenbrun convierte ese fetichismo por los objetos en parte fundamental de su propuesta y nos invita a participar de él. Por eso nos lleva hasta el escenario donde se filmó el Campamento Miasma original, nos presenta a la actriz (Gillian Anderson) de aquella primera película —desaparecida misteriosamente como Gloria Swanson en El ocaso de una vida (Sunset Boulevard, 1950)— y recupera las emociones extrañas que se ponen en juego en el slasher: el miedo, el deseo y el placer prohibido.
Los VHS, los pósteres, los muñecos y las películas son también objetos de deseo. La protagonista no quiere solamente recuperar una franquicia, sino una experiencia: aquella en la que el cine se convirtió en el lugar donde alguna vez descubrió algo que todavía no podía nombrar del todo. La película habla del cine que miramos —o mirábamos— pero también de la forma en que ese cine contribuyó a construir nuestra propia mirada. En ese sentido, no extrañamos solamente las películas, sino también a la persona que fuimos cuando las vimos por primera vez.
Adolescencia, sexo y muerte: Campamento Miasma es una película tan extraña como atrevida que se sumerge en las profundidades del lago donde se oculta el asesino serial para encontrar, debajo del miedo, el deseo. Y, a través de ese deseo, la película se pregunta qué encontrábamos realmente cuando mirábamos ese cine y qué queda de nosotros cuando volvemos a hacerlo.