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Crítica de "Moria": el ícono pop que se apropia de su propia historia
Moria Casán nunca necesitó que alguien construyera un personaje para ella. Lo hizo sola. Durante décadas inventó una manera de hablar, de mirar, de exhibirse, de pelear, de contar sus amantes y hasta de convertir sus propios derrumbes en parte del espectáculo. Por eso había algo especialmente difícil en hacer una serie sobre su vida: ¿cómo ficcionalizar a una mujer que lleva más de medio siglo ficcionalizándose a sí misma?
Moria (2026), la serie de Netflix creada y dirigida por Javier Van de Couter, encuentra la respuesta sin intentar separar a la mujer del personaje. No busca descubrir una supuesta Moria verdadera escondida detrás de las pestañas, las pelucas, las plumas, los escándalos y las frases que quedaron incrustadas en la cultura popular argentina. Hace lo contrario: acepta que todo eso también es Moria.
Y entonces juega.
La vemos a punto de cumplir 80 años, pero el tiempo en la serie no parece pesarle demasiado. Moria entra y sale de su historia, la observa, la comenta y por momentos parece manejarla como una titiritera. Es su vida, pero también es la versión que eligió conservar de ella. La memoria nunca es inocente y aquí mucho menos: los recuerdos aparecen atravesados por luces, escenarios, televisión, sexo, cuerpos, drogas, hombres, éxitos y caídas. Todo pasado por una estética pop que no pretende ninguna discreción.
Tiene sentido. La discreción jamás formó parte del universo Moria.
Hay plumas, brillos, colores saturados, marquesinas y cuerpos expuestos. Por momentos la serie parece estar a punto de convertirse en un número de revista. En otros, en un programa de televisión de los años noventa. Van de Couter entiende que contar a Moria con una estética naturalista hubiera sido casi una contradicción. Su vida pública estuvo siempre ligada a la representación. Incluso cuando confesaba algo íntimo parecía saber dónde estaba la cámara.
La serie se mueve sobre esa frontera y allí encuentra sus momentos más interesantes: no sabemos del todo dónde termina el recuerdo y dónde comienza la versión que Moria quiere darnos de ese recuerdo.
Tres actrices tienen la tarea casi imposible de interpretarla. Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth no hacen exactamente el mismo personaje y eso, lejos de ser un problema, termina jugando a favor. No existe una sola Moria porque tampoco existió una sola a lo largo de estos años.
Sofía Gala tiene quizás el desafío más extraño de los tres: interpretar a su propia madre. Hay algo inevitablemente inquietante en ese mecanismo. Una hija metiéndose en el cuerpo de la mujer que existió antes de ser su madre. No hace falta que la serie lo subraye. Está ahí, en cada aparición, como una segunda película que corre por debajo de la primera.
Cecilia Roth trabaja desde la seguridad de una Moria que ya conoce el efecto que produce sobre los demás. Hay menos necesidad de conquista porque el personaje ya conquistó su territorio.
Pero Griselda Siciliani se apodera de una zona central del relato. Y no porque consiga una imitación perfecta —eso sería lo menos interesante— sino porque parece entender el mecanismo del personaje. La boca, la voz y los movimientos están, pero lo que aparece detrás es otra cosa: la velocidad para responder, la forma de ocupar un espacio, la mirada que estudia al otro antes de lanzar una frase. Siciliani comprende algo fundamental: Moria no espera que la escena suceda. La provoca.
Ese hallazgo permite que la interpretación salga de la caricatura.
Porque imitar a Moria es relativamente fácil. Todos podemos reconocer algunos de sus gestos. Interpretar la inteligencia con la que construyó a Moria Casán es otra cosa.
La serie también se mete donde una biografía celebratoria podría haber pasado rápidamente de largo. Están las drogas, la maternidad, el sexo, los hombres, las relaciones que terminaron mal y aquellas que dejaron una marca. Está Mario Castiglione, interpretado por Marco Antonio Caponi, presentado como un vínculo que ocupa un lugar decisivo en su vida. Está Luis Vadalá. Están los amantes más jóvenes, los encuentros ocasionales y una sexualidad que Moria nunca pareció dispuesta a explicar en términos de culpa.
Eso importa porque buena parte de su personaje público se construyó precisamente allí.
Moria apareció en una industria que utilizaba el cuerpo de las mujeres como espectáculo y consiguió hacer algo bastante más incómodo: convertirse al mismo tiempo en cuerpo exhibido y en administradora de esa exhibición. No escapó de las reglas del teatro de revista, del cine picaresco o de la televisión. Las utilizó. A veces las padeció. Otras veces las llevó hasta un extremo en el que comenzaban a funcionar de otra manera.
Mientras muchas mujeres públicas eran obligadas a responder por sus parejas, sus separaciones, su edad o su maternidad, Moria aprendió a apropiarse de esas preguntas. Habló de sexo antes de que resultara cómodo escucharlo. Habló de deseo cuando a una mujer se le exigía hablar de amor. Y siguió haciéndolo cuando la edad debía, según las reglas no escritas del espectáculo, volverla invisible.
Ese recorrido es mucho más interesante que cualquier catálogo de escándalos.
También explica por qué Moria termina siendo algo más que una biografía de celebridad. Por su vida pasan distintas épocas del espectáculo argentino. Jorge Porcel, Alberto Olmedo, Susana Giménez, Gerardo Sofovich, Carlos Rottemberg, Carlos A. Petit, Federico Storani, y Fito Páez aparecen dentro de un universo en el que cine, teatro de revista, televisión, política y música se cruzan permanentemente.
No son solamente nombres conocidos puestos allí para provocar el reconocimiento del espectador. Son parte del mapa de una industria que cambió mientras Moria permanecía.
Y esa permanencia merece ser observada.
Porque Moria sobrevivió a casi todos los formatos que la hicieron famosa. Sobrevivió al teatro de revista como fenómeno masivo, al cine de explotación sexual de los setenta y ochenta, a la televisión de grandes audiencias, al reinado de los talk shows y a la cultura del escándalo televisivo. Después llegaron internet, las redes, los memes y la circulación de frases fuera de contexto.
También allí encontró un lugar.
Quizás porque Moria hablaba como las redes sociales mucho antes de que existieran las redes sociales.
Sus frases tienen ritmo de titular. Sus palabras inventadas funcionan como pequeñas marcas de identidad. Una aparición televisiva podía producir durante días expresiones que otros repetían. Entendió intuitivamente algo que hoy se estudia como construcción de marca personal: no alcanza con ser reconocible físicamente; hay que tener una voz que nadie pueda confundir con otra.
Moria la tiene.
Y probablemente allí se encuentre una de las razones por las que la serie funciona mejor cuando deja de preguntarse quién fue Moria Casán y comienza a preguntarse cómo hizo Moria Casán para convertirse en Moria.
Claro que existe un límite. La serie está demasiado cerca de ella como para ser despiadada. La quiere, la celebra y en algunos momentos queda atrapada por esa fascinación. Hay zonas de su historia que podrían incomodar más y que terminan absorbidas por la energía del personaje. El conflicto aparece, pero Moria tiene una capacidad extraordinaria para devorarlo y transformarlo en otra anécdota de Moria.
Es el riesgo de toda biografía construida con la participación de su protagonista.
Pero también sería injusto reclamarle a la serie una objetividad que nunca promete. Esto no es una investigación sobre Moria Casán. Es Moria disputando el derecho a contar a Moria Casán.
Ahí está, finalmente, lo que hace que el proyecto tenga sentido.
No son solamente los amantes, las drogas, la televisión, el teatro, la fama o los escándalos. Tampoco alcanza con decir que fue transgresora, una palabra que de tanto aplicársela terminó perdiendo parte de su significado. Lo que aparece detrás de todo eso es una mujer que entendió muy temprano que, si otros iban a convertirla en personaje, era preferible apropiarse del personaje antes que ellos.
Incluso hizo algo todavía más difícil: incorporó el envejecimiento a esa construcción.
Las divas suelen quedar atrapadas en las imágenes de su juventud. Moria hizo de su edad otra parte del espectáculo. Nunca necesitó fingir que el tiempo no había pasado porque podía convertir ese paso del tiempo en discurso, ironía y provocación.
Por eso llegar a los 80 años con una serie en la que Sofía Gala, Griselda Siciliani y Cecilia Roth interpretan distintas versiones de ella mientras la verdadera Moria sigue observando todo desde dentro tiene algo de operación final sobre su propio mito.
No parece estar entregando su historia.
Parece estar recuperándola.
Y quizá esa sea la imagen que mejor define a Moria Casán después de tantos años: una mujer sentada frente al espectáculo de su propia vida, mirando cómo otras actrices se convierten en ella y reservándose, todavía, el derecho a decir cuál de todas esas Morias es la verdadera.
O, más probablemente, a reírse de la pregunta.